Niki (Leo Woodall) tiene oído absoluto. Eso quiere decir que es capaz de reconocer cualquier nota con solo escucharla. Pero a su vez, tiene una suerte de discapacidad: es hiperacúsico. Esto implica una hipersensibilidad a los sonidos que hace que los ruidos fuertes lo lastimen y necesite llevar audífonos todo el tiempo, no para escuchar sino para filtrar y disminuir el volumen insoportable que llega a sus oídos.
Alguna vez Niki fue una promesa del piano, un niño prodigio con un futuro descollante en la música que se vio truncado por su condición. Hoy, a sus veintitantos, Niki está retirado de la música en el rol de intérprete, aunque su vida sigue girando alrededor del piano ya que trabaja como afinador de este instrumento. Trabajo que realiza como aprendiz del veterano Harry, interpretado por Dustin Hoffman.
Pero esa condición de hipersensibilidad sonora también puede ser considerada un don si es que se le encuentra un uso. Eso es lo que pasa cuando descubre de un modo casi casual que puede abrir cajas fuertes a partir de la cuidadosa escucha de los sonidos que hace el mecanismo al mover la rueda.
Mientras trabaja en la afinación de un piano en una lujosa mansión, Niki conoce a un grupo de expertos en seguridad liderados por Uri (el israelí Lior Raz), una pandilla que se dedica a robar, entre otros, a sus propios clientes. Al encontrarse con el talento de Niki, estos lo reclutan para una serie de trabajos que marcan la incursión del joven en el mundo criminal. Cuando Niki quiere salirse de ese mundo, descubre que no lo van a dejar irse tan fácilmente y que ese mismo don puede a su vez convertirse en una maldición. Otra vez.
El afinador es el primer largometraje de ficción del realizador canadiense Daniel Roher, quien ya alcanzó cierto reconocimiento por sus documentales, entre ellos Navalny, por el cual se hizo con el Premio Oscar de aquella categoría en la ceremonia de 2023. Se trata de una mezcla de thriller con elementos de Heist Movie, Drama, Romance y hasta un poco de historia de recuperación y resiliencia, más cierto humor zumbón que ya es un poco la norma.
A partir de los elementos de su trama se sucedieron las comparaciones con Baby Driver (2017) de Edgar Wright. Y es que la misma tiene sus paralelos: un protagonista con un talento que roza lo genial, trabajando sin demasiado compromiso para una banda de delincuentes en una serie de golpes muy planificados, que además posee una cierta discapacidad auditiva y una personal relación con la música. En ambos casos su vida y sus relaciones se ven amenazadas por ese costado criminal del cual quiere pero no puede librarse.
La película cuenta con un elenco cumplidor, con un Leo Woodhall que se ha transformado él mismo en una joven promesa, a quien recientemente se lo pudo ver en un papel secundario pero relevante en Nuremberg: El juicio del siglo (2025). Con un Dustin Hofmann que aparece poco pero que, cuando lo hace, se roba la atención con su histrionismo. Y con Havana Rose Liu, quien interpreta a Ruthie, otra joven promesa del piano, quien se transforma en interés amoroso de Niki, su cable a tierra, y también su talón de Aquiles cuando quieren presionarlo.
Hay también una galería de personajes secundarios que sobresalen. Sobre todo en el ámbito de los supuestos villanos, que lo son pero no tanto. Seguramente lo es Uri, su líder, pero sus cómplices son un grupo de tarambanas queribles, circunstancialmente en el bando equivocado, con un jefe tiránico y con una maldad algo caricaturesca, como si fueran una versión de Europa del Este de la pandilla del Dr Neurus.
La película requiere y despliega un afinado trabajo sonoro. Desde el registro de los pequeños detalles que intervienen en el universo auditivo del protagonista al caos sonoro que debe evitar y a veces padecer. Una relación ambigua con el sonido, de quien debe trabajar con él y a la vez huirle. “Te sorprendería lo ruidoso que es el mundo” dice en un momento. Una contaminación sonora que a la mayoría le pasa desapercibida y para él resulta fatal.
Una relación ambigua que se da también con la música, algo que fue alguna vez su pasión y hoy es su frustración y su dolor, y que hoy la vive cotidianamente de costado, desde un rol meramente técnico. Niki es prodigio malogrado conviviendo diariamente con la certeza de lo que pudo haber sido. Esa relación compleja se explicita en el choque entre él y Ruthie , quien está en un lugar que él podría haber ocupado y que no llega a comprender del todo su resignación.
La historia es bastante simple y algo previsible. Sin demasiadas innovaciones en lo que se cuenta, lo que la beneficia es el cómo. La puesta movediza, el montaje ágil, con mucho corte y plano detalle, y una banda sonora de jazz con cameo de Herbie Hancock incluido, cuyos temas suenan varias veces. Todo en función de darle una pátina de coolness, de sofisticación un poco impostada pero inofensiva y relajada. Una puesta que no es tampoco nada nuevo pero que la convierte en una propuesta mayormente entretenida y amena.
EL AFINADOR
Tuner. Dirección: Daniel Roher. Intérpretes: Leo Woodall, Havana Rose Liu, Lior Raz, Tovah Feldshuh, Jean Reno, Dustin Hoffman. Guión: Robert Ramsey, Daniel Roher. Fotografía: Lowell A. Meyer. Música: Marius De Vries, Will Bates. Edición: Greg O’Bryant. Diseño de Producción: Peter Cosco. Diseño de sonido: Maximilian Behrens. Origen: Canadá, Estados Unidos. Duración: 109 minutos.





