En esta vida moderna no somos muy conscientes del pasado, y menos aún de un pasado remoto. A menos que tengamos que evocarlo por algún motivo o que sea este el que inesperadamente nos viene a buscar. Es lo que, al comienzo de Los colores del tiempo, el nuevo film de Cédric Klapisch, le pasa a una familia contemporánea de franceses. 

Aunque decir familia en este caso es forzar un poco las cosas ya que se trata de un grupo de personas con un parentesco muy lejano. Quien los reúne es una inmobiliaria que planea demoler una vieja casa de campo abandonada para construir un gigantesco estacionamiento. Para hacerlo necesita comprar el inmueble y en su investigación encuentra a 30 herederos todos descendientes del mismo antepasado: Adèle Vermillard, una joven que vivió entre fines del siglo XIX y principios del XX.

Como corresponde a los tiempos que corren, la reunión  entre todos se hace por zoom. Allí se designan cuatro representantes: un joven creador de contenido digital, un profesor a punto de jubilarse, una especialista en trenes y un apicultor. Estos tienen que ir a la casa y hacer un relevamiento de lo que hay allí. Cuando llegan, se encuentran con fotos, pinturas y objetos que son las huellas de la vida de aquella mujer que los precedió y de la que hasta entonces ignoraban su existencia.

A partir de allí vamos retroceder en el tiempo, hacia 1895 para conocer a aquella Adèle, una joven que viaja de un pueblo de Normandía a una efervescente París a buscar a su madre, quien la dejó al cuidado de su abuela cuando era niña. En ese viaje conocerá a otros dos jóvenes, Anatole y Lucien, un pintor y un fotógrafo que la acompañarán en su búsqueda. 

La narración va y viene entre estos dos tiempos, el presente de 2025 y el pasado de 1895. En el presente, mientras tratan de reconstruir la vida de su antepasado, los cuatro descendientes que no parecen tener otra cosa en común, van encontrando un lazo mas intimo en esa familia lejana. En el pasado, otra comunidad toma lugar: Adèle trabará amistad con Anatole y Lucien, con quienes convivirá, compartirá sus alegrías y tristezas, tratará de averiguar quien es su padre y vivirá parte de su educación sentimental. 

Los colores del tiempo es una película amable, donde los conflictos se resuelven de manera suave e inofensiva, donde los personajes son queribles y buenas personas en mayor medida y las relaciones entre ellos son bastante plácidas, con desacuerdos muy menores. Uno se pregunta ante esta falta de verdadera conflictividad como es que podría funcionar y, sin embargo, de algún modo lo hace. Quizás porque la cuestión pasa por otro lado. 

Lo resume de manera bastante literal, Seb, el joven creador de contenido, cuando cerca del final dice que ahora tiene una mejor idea de quién es, que siempre miró hacia adelante y le hizo bien mirar hacia atrás. Se trata entonces de cómo nos relacionamos con el pasado, con aquellos que estuvieron antes nuestro, qué quedó de ellos en la historia y qué hay de ellos en nosotros. 

Un pasado que, en este caso, es clave en la historia del arte con el auge del Impresionismo y el crecimiento de la fotografía. Y también por el nacimiento del cine, cuya primera exhibición se daba justamente en París en ese mismo año, algo que no se muestra pero que se menciona. 

Y esto incluye, claro, las tensiones entre pasado y presente. Como las que hay entre pintura y fotografía, cuando se decía que una iba a reemplazar a la otra, o en la voluntad de la inmobiliaria de demoler una vieja casa para construir un moderno estacionamiento. Esa dualidad y contraste se ve también el hecho de que dos de los protagonistas del pasado sean un pintor y un fotógrafo y uno de los protagonistas del presente sea un creador de contenido para redes sociales.

Para la puesta en escena de ese pasado se destaca la cuidadosa reconstrucción de época que a la vez  se beneficia de la casi inmutabilidad de las calles parisinas a través del tiempo, lo que permite transiciones fluidas entre una y otra línea de tiempo. Y también están los guiños al impresionismo y las varias referencias a pinturas del periodo, en particular las de Claude Monet, en escenarios, vestuarios y personajes. 

Aunque no todo es tan riguroso. El film se toma también alguna que otra licencia artística. La más notoria es el momento en que los cuatro representantes buscan respuestas a través del consumo de ayahuasca, lo cual desemboca en una escena bastante caprichosa que introduce elementos fantásticos que en ningún momento se habían sugerido y, si bien tiene su gracia, desentona un poco con el resto del relato.

Es evidente que Klapisch y su co-guionista, el franco argentino Santiago Amigorena, quieren a sus personajes, los contemplan amablemente en sus fragilidad y sus debilidades y trazan un retrato piadoso y amoroso  de ellos. Aparecen en el film grandes figuras de la historia, como Monet y toda la tropa impresionista, Victor Hugo, Sarah Bernhardt, el fotógrafo Félix Nadar o el crítico Louis Leroy. Pero todas estas celebridades de la época pasan por el costado. Los verdaderos protagonistas son los seres anónimos, aquellos de los cuales quedan pocos rastros y es, para los contemporáneos, una aventura reconstruirlos para rescatarlos del olvido y a la vez transformar su propio presente.

LOS COLORES DEL TIEMPO
La venue de l’avenir. Dirección: Cédric Klapisch. Intérpretes: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Vincent Macaigne, Julia Piaton, Zinedine Soualem, Paul Kircher, Vassili Schneider, Sara Giraudeau, Cécile de France. Guión: Cédric Klapisch, Santiago Amigorena. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Música: Robin Coudert. Edición: Anne-Sophie Bion. Dirección de Producción: Marie Cheminal. Origen: Francia: Duración: 124 minutos. 

Compartir

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here