¿Cómo nació el proyecto?
Desde chica tengo el recuerdo de escucharlo a mi viejo contar sus aventuras de cuando se fue de Corea, de todos sus viajes y experiencias y de cuando llegó a Latinoamérica, primero a Paraguay y luego a la Argentina. También está la memoria de cuando jugaba con los álbumes de fotos familiares que mi mamá guardaba, miraba esas fotos de otros tiempos y lugares exóticos e imaginaba todas esas aventuras que mis viejos vivieron antes de que yo naciera. Creo que esas imágenes y escenas son las que me quedaron de alguna manera impregnadas y de ahí parte mi deseo de contar esta historia, hacer presente un fragmento de memoria colectiva, en este caso de mi familia, pero que puede ser la historia de cualquier otra familia en el mundo.
¿Cómo llegaste a conformar un relato sobre la historia, identidad y el legado a partir de la relación de una joven con su padre?
Creo que retratar un vínculo entre un padre y una hija es una forma muy concreta de poder reflexionar sobre esos temas. Si partimos de ¿quién soy?, inevitablemente nos debemos la siguiente pregunta, que es ¿de dónde vengo?. Entonces, creo que para poder hablar de unx mismx, es inevitable hablar de sus padres o sus ancestros. Esas son algunas de las preguntas que nos hacemos al momento de pensar nuestra identidad, de cómo se construye. Es muy importante resguardar la memoria para habilitar un futuro deseado. Creo que por eso narrar acerca de un vínculo filial nos ayuda a entender esos caminos, esas vueltas, esas preguntas.
-¿Cuál fue el principal desafío de encarar un largo de ficción teniendo en cuenta que tus dos películas previas a son documentales?
Más allá de mi proceso personal, de trabajar un guion que toca temas y sujetos tan íntimos, que fue un proceso muy complejo y doloroso por momentos, a medida que afianzaba la escritura y avanzaba en el desarrollo, encontraba que la idea de diseñar y producir una ficción de estas características implicaba un proceso mucho más grande y desconocido para mí: la búsqueda de coproducciones, de fondos internacionales. En ese sentido, realmente me siento muy agradecida, porque tuve la suerte de tener un productor de hierro como Juan Pablo Miller, que nunca me soltó la mano en todo ese proceso tan largo y sinuoso.
Pero además, es también entender el contexto argentino en el cual salimos a filmar, en donde de repente teníamos un gobierno que estaba (está) atacando al cine directamente, desfinanciándolo, amén de generar crisis en todo lo que concierne a la cultura, el arte, la educación y la salud… y podríamos seguir enumerando. Filmar esta película en este contexto fue realmente un acto de fe, de amor y de pasión por lo que hacemos y un privilegio. Pero fue también una forma casi de militancia. Creo que todos los que participamos en la creación de Hijo mayor, desde el camionero hasta el último asistente de producción, lo puso todo en pos de hacer la mejor película posible, y eso creo personalmente que es algo que se ve y se siente en el film. Hacer la película fue para mí un aprendizaje nuevo, y una forma de entender por qué es tan importante lo que hacemos, y cómo nuestro cine nacional sigue vivo y existe, acá y en el resto del mundo.
Tu historia familiar se filtra de manera decisiva en Hijo mayor. ¿Esa decisión de incluirla en el relato surge de la convicción de que lo particular puede contener al mundo?
Definitivamente. La idea de incluir a mi familia en el final tiene que ver justamente con eso. Entender que el relato que uno ve le pertenece a una familia común que vive en Buenos Aires, y que puede ser a la vez la historia de cualquier familia (padre, madre, hijx) en el mundo. Si bien esta película me toca de manera muy personal, siento que cuenta una historia muy universal, la historia de migración de una familia, sobre lo que se pierde, lo que se gana. Y es una historia que quiere dialogar con todas las personas que la vean, y que sea una historia que interpele, porque hay tantas personas en el mundo que conocen y viven esas mismas experiencias diariamente, y ojalá que este film nos haga sentir menos solos en este mundo.
-¿Crees que tus películas son un instrumento para que se conozca a la comunidad coreana, que aún hoy es un enigma para el resto de los argentinos?
Creo que mis películas son un instrumento para poder dar visibilidad a una comunidad que no tiene tanta representatividad en medios audiovisuales, sí, pero así como mi película sirve a la comunidad coreana para poder darle visibilidad, también habla de una problemática que atraviesa el mundo entero. Siento que es importante poder dar voz y visibilidad a facciones de una sociedad que no sean las hegemónicas, no sólo la colectividad coreana si no también cualquier comunidad o cualquier diversidad. Creo que mis películas se prestan e invitan a esa reflexión. No sólo para que la comunidad coreana sea más conocida en Argentina (lo cual es muy importante para mí), sino también para poder reflexionar sobre las imágenes que construimos en nuestro presente, y pensar qué nos representa realmente, como argentinos, como migrantes, como mujeres, como minorías de una sociedad… no es una reflexión que debería cerrarse en nuestra sociedad argentina, sino ampliarse en el mundo. Y el cine debería ser un medio para poder entablar esas preguntas y reflexiones.
-En tus tres films hay una búsqueda de respuesta sobre lo que significa tener un origen coreano y ser argentino. ¿Sentís que te vas acercando a una respuesta posible?
Siento que voy construyéndome más preguntas. Y siento que lo más enriquecedor que me enseñan mis propias pelis es eso, no hay una respuesta definitiva, las personas tenemos la potencia de transformarnos y expandirnos constantemente. Y eso es gracias a que no perdemos la capacidad de preguntarnos, de reflexionar, de interpelarnos con las realidades que vivimos.





