La Palma de Oro otorgada a Titane en la edición 2021 del Festival de Cannes supuso la consagración de Julia Ducournau. Supuso también para muchos una suerte de reivindicación del cine de género en aquel Festival. En particular, fue la hora del Body Horror y de la popularización del término en la discusión cinéfila. Ese sub-género que de algún modo inventó, o que al menos dio forma, David Cronenberg, y del que Ducournau venía a ocupar el lugar de legítima heredera.
Tras ese gran suceso de su segundo largometraje se esperaba bastante de su próximo paso. El horror corporal del que se convirtió en nueva abanderada ya lo venía explorando desde su primer largo, Raw (2016), e incluso desde su primer corto, Junior (2011). ¿Seguiría con la misma tónica ? ¿Pegaría un volantazo hacia otro terreno? El estreno de Alpha también en el Festival de Cannes en su edición 2025 mostró que no era ni una cosa ni la otra y a la vez un poco de ambas.
Alpha (Mélissa Boros) es una adolescente que vive en los suburbios con su madre soltera (Golshifteh Farahani). Una noche en medio de una fiesta le hacen un tatuaje bastante rústico en el brazo con condiciones sanitarias inexistentes (con un método tumbero diríamos aquí), lo cual despierta las alarmas de su madre, que además es médica. Al mismo tiempo, llega para quedarse con ellas Amin (Tahar Rahim), el hermano de la madre, que está tratando sin éxito de desengancharse de su adicción a la heroína. Amin tuvo una presencia en la infancia de Alpha hasta que se alejó por un tiempo. A su regreso, ella no lo recuerda y la renovada relación entre ambos es bastante tirante.
Este cuadro tiene como fondo una enfermedad muy omnipresente, no se sabe bien el alcance, que ya se ha convertido en una epidemia. Por ello, cuando Alpha vuelve al colegio con su sospechoso tatuaje al borde de la infección y con la mala costumbre de derramar sangre y fluidos, se convierte en el foco de la paranoia entre sus compañeros que quieren alejarse de ella y apartarla de cualquier actividad.
Ducornau no entrega exactamente lo que se esperaba de ella. El Body horror está presente de una forma menos gráfica en esta enfermedad ficticia, que es como una especie de petrificación o calcificación que va convirtiendo a los afectados en algo parecido a estatuas vivientes. Una enfermedad de la que no se sabe el nombre y que es una metáfora bastante transparente del SIDA, por su transmisión (sangre, agujas, drogas intravenosas, sexo), por su estigma social y la paranoia que genera.
El paralelismo con el SIDA también se infiere por el contexto de época. Hay dos líneas temporales que parecen ubicarse entre fines de los ochenta y principios de los 90. En una, Alpha es una niña de unos 5 años, en otra es una adolescente. En una la enfermedad es nueva y genera una crisis sanitaria difícil de manejar, en la otra todavía existe y sigue provocando miedo pero parece haber sido controlada o al menos acotada. Una está inmersa en colores cálidos y rojizos, la otra en una atmósfera fría y azulada. Hacia el final, a partir de que el elemento sobrenatural se hace más evidente, la realidad se enrarece, ambas líneas confluyen y se mezclan en un cruce que por momentos se hace confuso.
El tema de las adicciones ya estaba presente en los anteriores films de Ducournau de una manera oblicua y metafórica. En el ansia irrefrenable por la carne humana en Raw o el impulso asesino en Titane mezclado con la pasión erótica por los autos (una conexión directa con Cronenberg). Acá aparece de un modo transparente y directo en la adicción terminal de Amin a la heroína, un camino del que ya no puede bajarse y que lleva a las escenas más intensas y dramáticas del film.
Aquí Dacournau se mete en un terreno de retrato social, no muy presente en sus anteriores trabajos, pero que tiene que ver con su propia historia ya que la realizadora es de ascendencia bereber o amazigh, de los pueblos del norte de África. Por eso ubica la historia en una familia arabe de los suburbios, en los típicos monoblocks habitados por inmigrantes y por las primeras y segundas generaciones de sus descendientes. Esta cultura está presente en la forma en que la familia lidia con el problema y en cómo lo interpretan. El personaje de la madre de Alpha trata de alejarse de esa cultura, no le enseña a su hija el idioma, justamente el bereber, y niega lo que piensa son supersticiones. Pero está igual dentro de ella, aunque la esquive, y aparece con fuerza, como el Viento Rojo que toma preponderancia cerca del final.
La realizadora vuelve a hacer gala de un despliegue visual que saca belleza de lo supuestamente atroz. Igualmente es probable que el film decepcione a aquellos que esperan que repita el rumbo ya que el Body Horror no es tan explícito y ya no hay tanto interés en provocar. El de Alpha es un relato más convencional y se inscribe en una tendencia muy prolífica en los últimos años en el llamado “terror elevado” (y que a esta altura amenaza con saturar) que es el de películas fantásticas y de terror acerca del duelo, que al principio no está claro pero que termina siendo el tema principal del film.
La atmósfera es oscura y fatalista. Ducournau abandona un poco el nihilismo en favor de cierta melancolía. Sin temor al desborde en el que a veces cae, opta más bien por la emotividad, por el amor incondicional, por abrazar la familia con lo bueno y lo malo, por darse cuenta cuándo hay que luchar hasta las últimas consecuencias y cuándo soltar es también una forma de amar.
ALPHA
Dirección: Julia Ducournau. Intérpretes: Golshifteh Farahani, Mélissa Boros, Tahar Rahim, Emma Mackey, Finnegan Oldfield, Louai El Amrous. Guión: Julia Ducournau. Fotografía: Ruben Impens. Música: Jim Williams. Edición: Jean-Christophe Bouzy. Diseño de Producción: Emmanuelle Duplay. Origen: Francia, Bélgica. Duración: 128 minutos.





