Desde que Bohemian Rhapsody, de Bryan Singer y Dexter Fletcher, demostró que había un lugar para las biopics más o menos fieles de ídolos de la música, en la industria del cine se armaron distintos proyectos con resultados disímiles. Hace menos de un año se estrenó que vimos la historia de Bob Dylan en Un completo desconocido, de James Mangold, con su llegada desde la nada a Nueva York hasta que enchufó su guitarra en el festival de New Port y cambió la historia del folk y del rock; o Rocketman de Dexter Fletcher, que hizo lo propio con Elton John. Y ahora le llegó el turno a «El Jefe», al héroe de la clase trabajadora del rock es decir a Bruce Springsteen.
Tomando como base el libro Deliver Me from Nowhere, de Warrem Zanes, el director Scott Cooper escribió el guion concentrándose en el momento en que el músico, luego de una extensa gira, se disponía a un lanzamiento de tipo internacional, aunque antes necesitaba deshacerse de sus fantasmas personales. Con un disco casi terminado y dispuesto a entrar a grabar en grande, Springsteen (Jeremy Allen White) le dice a su manager Jon Landau (Jeremy Strong), que necesitaba sacar unos temas muy diferentes a los que esperaba la discográfica. Así fue que con uno de sus colaboradores, el músico se encerró a grabar con tecnología precaria que guardaría todo en un casete canciones viscerales y oscuras. Esa grabación fue una especie de descenso a lo más oscuro de sus sentimientos, sus recuerdos y sus influencias.
Por la cabeza de El jefe pasaban en esa época historias de asesinos seriales, Vietnam, películas cómo Badlands de Terence Mallik, La noche del cazador de Charles Laugthon y recuerdos de su infancia con un padre violento víctima de su alcoholismo. Ese coctel dio como resultado una cinta imperfecta, con un sonido que no se ajustaba a los requisitos técnicos del mercado y es por eso que Landau tuvo que lidiar con las exigencias de la industria por un lado y con la depresión y la necesidad del artista de que aquellas canciones se conocieran antes que las que iban a quedar editadas en Born in the USA.
El resultado se esa temporada tortuosa fue el imprescindible disco Nebraska. Un conjunto de canciones que saldrían a la venta sin notas de prensa, sin la foto de Springsteen en la tapa y sin versiones especiales para las radios. Nebraska fue un triunfo de una idea artística por encima de las tácticas de mercadeo. Era 1982 y MTV, que ahora mismo está dejando de existir, reinaba en el mercado y si no tenías un video ahí, no existías.
Scott Cooper es uno de esos nombres que pasa por debajo de los radares de los sommeliers de directores pero alcanza con ver Hostiles (2017) y Loco corazón (2013) donde Jeff Briodges interpreta a una estrella folk para entender que fue un acierto que él se encargara de ésta historia.
La presencia de Jeremy Allen White (sí, el protagonista de la serie El Oso) aportando su presencia física y su sensibilidad para ponerse en la piel de Bruce hace todo funcione, sin olvidar que al británico Stephen Graham cómo el padre del músico.
Finalmente hay que decir que para el dato del nerd que se acerque por la música de Springsteen, alcanza con prestar atención para ver en pantalla una guía sobre las influencias y lo que hay que saber para disfrutar de Nebraska, el disco que preparó la plataforma para el lanzamiento de la estrella en que se convirtió el oriundo de la ciudad de Nueva Jersey poco tiempo después.
SPRINGSTEEN: MÚSICA DE NINGUNA PARTE
Springsteen: Deliver Me From Nowhere. Dirección: Scott Cooper. Elenco: Jeremy Allen White, Jeremy Strong, Paul Walter Hauser, Stephen Graham, Odessa Young, David Krumholtz, Gaby Hoffmann, Harrison Sloan Gilbertson, Grace Gummer, Marc Maron y Matthew Pellicano. Guion: Scott Cooper, basado en el libro Deliver Me From Nowhere, de Warren Zanes. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Edición: Pamela Martin. Música: Jeremiah Fraites. Distribuidora: Disney (20th Century Studios). Origen: Estados Unidos, 2025. Duración: 120 minutos.





