Estela y Julia son prácticamente inseparables. Una es mayor, la otra es una niña, y no son madre e hija. Aunque por momentos lo parecen, aunque por momentos actúen como si lo fueran. Estela es empleada doméstica en una casa de un barrio cerrado cerca de Santiago de Chile. Julia es la hija del matrimonio para el que Estela trabaja. Ambos padre y madre, son profesionales de clase acomodada. Él es médico, ella regentea una galería de arte, y están absolutamente comprometidos con su trabajo. No así con su hija, o por lo menos en mucha menor medida, para eso está Estela. Mientras los dos miembros del matrimonio están inmersos en sus propias actividades, la empleada cuida de Julia, la lleva de un lado al otro, juega con ella y responde a las preguntas que la niña no le hace a sus padres. En más de una ocasión Julia se va de su habitación para instalarse en la de Estela y pasar las horas allí porque esta termina siendo el referente al que acudir. 

Estela tiene su propia familia en Chiloé, en el sur del país. Una madre con problemas de salud y otros parientes que la atienden cuando pueden. En las pausas del trabajo, Estela habla con ella por videollamada y le promete una visita que nunca puede concretar, ni siquiera cuando aquella sufre un accidente donde se rompe la cadera. Y es que el matrimonio de patrones está demasiado ocupado como para dejarla ir, ya que la necesita para llevar a cabo las tareas domésticas que ellos no pueden asumir ni por unos días. Entre ellas la niña, claro. Para salir del paso le prometen dejarla ir unos días después, cuando la situación se tranquilice para ellos. Todo esto dicho así, con rostro amable y palabras suaves, una fachada comprensiva para una actitud inflexible. Así transcurren los días. Mientras, Estela se relaciona con el vendedor del drugstore de una estación de servicio cercana, que parece ser el único respiro en una realidad monopolizada por sus tareas de empleada doméstica y niñera de facto.

Limpia es el cuarto largometraje de la realizadora chilena Dominga Sotomayor, producido y estrenado por Netflix, basado en un bestseller homónimo editado en 2022 escrito por Alia Trabucco. Las películas de Sotomayor suelen ser minuciosas, sutiles, enfocadas en los detalles, los gestos, las palabras que no se dicen o dicen más de lo que pronuncian. Enfocadas en los conflictos familiares o de pareja pero también a veces en los contextos más amplios que los enmarcan, como en su película anterior Tarde para morir joven (2018), un coming of age con el marco de la transición entre dictadura y democracia en Chile. 

En el caso de Limpia, lo que está en el fondo, pero bien visible, son los conflictos de clase. O en términos marxistas, la lucha de clases, que sabemos puede ser abierta o solapada. En este caso es asordinada, no osa decir su nombre pero está presente todo el tiempo. Se presenta con la máscara amable de los patrones que ejercen la explotación sostenida, mientras  disponen de la vida de su empleada a tiempo completo y a la cual no dejan siquiera ir a ver a su madre enferma. Eso sí con rostro compungido y la promesa vacía de compensarlo más adelante, mientras pretenden que la tratan como un miembro de la familia, le hacen regalos de navidad y le prometen ponerla en un avión para que vaya a visitar a su madre más tarde. Esto mientras se acate y no se altere el orden establecido. De lo contrario, las palabras dejan de ser tan amables, las jerarquías pasan a primer plano y se hacen valer de manera explícita como puede verse en el tramo final. 

La relación con Julia, la niña, que es la que atraviesa todo el relato y parece por momentos la ocupación principal de Estela (aunque por supuesto tiene que ocuparse de todo lo demás) también está en buena medida permeada por la diferencia de clase. La nena trata a Estela como una amiga, una segunda madre y también como una empleada. La nena ya tiene a su corta edad alguna conciencia de clase, un registro de la desigualdad y de su propio lugar en ese esquema Del mismo modo que Estela es consciente de que la paciencia requerida no es solo ante una pequeña niña sino ante una pequeña patrona. Limpia es además una película claustrofóbica a pesar de transcurrir en buena media en espacios abiertos. Y es que la vida de Estela transcurre casi por completo en ese barrio cerrado, como encerrada en ese lugar del que puede salir cuando quiera pero en realidad no puede. 

El film funciona en cierta medida por acumulación de situaciones, que, con una gran atención al detalle, Sotomayor va sumando para construir el retrato de un estado de las cosas: los intentos de enseñar a nadar a Julia, la aparición de un perro que merodea por el barrio, los paseos en moto de Estela con el vendedor, un asalto a la casa en el que los dueños se esconden en su habitación olvidándose por completo de su empleada tan querida. Varios de estos son elementos que se van sembrando para un final de una crueldad torpe e innecesaria. Y que encima es doble, el subrayado en trazo grueso de algo que estaba insinuado a lo largo del film y que tira por la borda la sutileza del registro que la realizadora venía mostrado hasta el momento.

LIMPIA
Dirección: Dominga Sotomayor. Intérpretes: María Paz Grandjean, Rosa Puga Vittini, Ignacia Baeza, Benjamín Westfall, Rodrigo Palacios. Guión: Gabriela Larralde, Dominga Sotomayor, basado en la novela de Alia Trabucco Zerán. Fotografía: Bárbara Álvarez. Música: Carlos cabezas. Edición: Federico Rotstein. Dirección de Arte: Agostina De Francesco. Producción: Sofía Castells, Rocío Jadue, Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín. Origen: Chile. Duración: 102 minutos.

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