La placa de texto se presenta casi al comienzo del film: “Una caja de madera fue encontrada en Islandia con siete fotografías de placa húmeda tomadas por un sacerdote danés. Estas imágenes son las primeras fotos de la costa sudeste. Este film está inspirado por esas fotografías”. Es decir que la historia que estamos a punto de presenciar, es la de aquellos personajes retratados en las verdaderas fotos encontradas. Parece interesante y atractivo. Solo que… no es cierto. Y esto admitido sin problemas por el propio director y guionista, el islandés Hlynur Palmason, quien reconoce que el supuesto descubrimiento es una pura invención. ¿Acaso importa? Probablemente no. Y es que Godland, ya se trate de una ficción parcial o total, es un film extraordinario y fascinante, que llega a nuestras salas con tres años de retraso después de su debut en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2022. Nunca mejor dicho el famoso mejor tarde que nunca.
Antes de este texto traviesamente mentiroso, la primera escena del film nos presenta al protagonista y a su misión. Lucas (Elliott Crosset Hove ) es un sacerdote danés a quien se le encomienda la tarea de viajar a un asentamiento rural en Islandia para construir una iglesia. Una tarea que tiene algo de encargo, pero también de peregrinaje, de aventura, de viaje de descubrimiento y también de martirio. Estamos a fines del siglo XIX y Lucas hace el inevitable viaje en barco desde Dinamarca e Islandia, pero una vez en la isla decide hacer parte del recorrido que le queda a pie, o más bien a caballo, para, según explica después, conocer la tierra y su gente. Y sobre todo para retratarla, porque Lucas es aficionado a la fotografía, un arte para entonces relativamente nuevo, cuya técnica requiere el acarreo de una pesada carga que incluye a la enorme cámara, su soporte y los elementos de revelado y que el sacerdote lleva a su espalda como una mochila. O como la cruz que también transporta.
El viaje está plagado de problemas, los que proporciona el terreno y el clima, pero también los conflictos personales. Para esta época Islandia era un territorio perteneciente a Dinamarca y los locales ven a los daneses con recelo. Sobre todo Ragnar (Ingvar Eggert Sigurdsson), el guía de la expedición, quien se refiere a Lucas en lengua islandesa que este no puede entender como un “diablo danés”. El carácter hosco y desconfiado del guía y el carácter intransigente y soberbio del sacerdote, hace que ambos hombres se conviertan pronto en antagonistas y tras una muerte tan absurda como innecesaria durante el viaje, su relación se va deteriorando cada vez más.
Palmason no tiene miedo de abordar temas en los que la mayoría de los realizadores de hoy prefieren no meterse. La pregunta por la muerte, la culpa, la transitoriedad o la trascendencia, por la existencia de Dios o mejor aún su silencio, lo acercan a otros realizadores nórdicos, como el Dreyer de Ordet o el Bergman de Luz de invierno. En su tortuoso viaje, Lucas tiene sus crisis emocionales y también sus crisis de fe. Así, como en su propio Vía Crucis le pedirá en medio de la desesperación una señal a Dios, una guía de qué hacer pero también una señal de su propia existencia, como recitando su versión de “Dios Mío, ¿por qué me has abandonado”.
Cuando la disputa con Ragnar ha crecido a un punto sin retorno, Lucas ya está perdido, y en esta crisis también se olvida de aplicar conceptos como el perdón y la piedad. Lo absurdo de este conflicto también da cuenta de estos personajes como criaturas pequeñas y también un poco ridículas. Palmason muestra su insignificancia de manera bella pero categórica en una serie de tomas donde vemos la evolución del cadáver de un caballo (el caballo que Lucas pierde y que quizás Ragnar mató), que con el tiempo se transforma en parte del entorno natural simplemente como parte de su ciclo. La naturaleza tan indiferente a la vida y la muerte como ese Dios que no escucha ni responde
Godland es además un prodigio visual que ofrece todo el tiempo imágenes cautivantes, tanto cuando retrata la potencia de la naturaleza como en los pequeños actos. El paisaje islandes es mostrado no de manera turística sino en su carácter imponente y hasta hostil, algo que lo acerca también a un realizador como Werner Herzog. Hay a la vez una cualidad sensorial donde se puede percibir el contacto del agua helada, el viento, la humedad, el pasto bajo los pies o la tibieza del sol en esa verano islandés sin noches.
Ambientado en los años que son también los del comienzo del cine, el film de Palmason nos introduce a la época también de manera inmersiva. Filmado en 35 mm en un formato de 1.33:1 casi cuadrado y con las puntas redondeadas, remite a aquellas primeras películas. Los colores fríos, que a veces parecen de fotografías pintadas, y la atención puesta en los actos cotidianos, los trabajos manuales y las técnicas, ofrecen algo semejante a la posibilidad de espiar en el tiempo. Profundo y bello, a la vez grandioso e íntimo, Godland es un objeto extraño y maravilloso, que parece él mismo salido de otra era.
GODLAND
Vanskabte Land. Guión y dirección: Hlynur Palmason. Intérpretes: Elliott Crosset Hove, Ingvar Eggert Sigurdsson, Victoria Carmen Sonne, Jakob Ulrik Lohmann, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Hilmar Guðjónsson. Fotografía: Maria von Hausswolff. Música. Alex Zhang Hungtai. Edición: Julius Krebs Damsbo. Dirección de producción: Frosti Friðriksson. Dirección de arte: Rebekka A. Ingimundardóttir. Origen: Islandia-Dinamarca, 2022. Duración 142 minutos.






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