Un arquitecto gana el concurso para erigir una obra en París y el presidente François Mitterrand decide que la obra debe ser estrenada en 1989, nada menos que en el bicentenario de la revolución francesa. El ganador del concurso es un ignoto arquitecto danés de nombre altisonante, Johan Otto von Spreckelsen, cuya única trayectoria es la construcción de unas iglesias y una casa.
A partir del descubrimiento del ganador, la película muestra todos los pasos que harían posible la construcción de lo que el arquitecto llama su cubo.
En el camino, Von Spreckelsen se ve enfrentado a los tejes y manejes de la burocracia y de las necesidades del presidente francés, que se vuelve un admirador de arquitecto al punto de pasar largos momentos de charla con el creador del monumento que se erigiría para 1989.
Lo primero que se ve es un disclaimer que avisa que lo que se cuenta es absolutamente verídico, salvo los diálogos que son creación del guionista y director Stéphane Demoustie, a partir de la novela de Laurence Cossé.
Por más afrancesado que sea todo es más o menos lo que uno sospecha cuando la burocracia estatal colisiona con las ambiciones artísticas y el ego de alguien que toma su obra como algo absolutamente genial e intocable. El asunto es que la obra es un cubo que debía tener pisos de mármol y estructura de vidrio. El cubo principal está acompañado de otros cuatro cubos más pequeños instalados en el centro mismo de la “Ciudad de luz” (siempre quise escribir ésta frase).
El arquitecto no tarda mucho en discutir con el burócrata a cargo de llevar adelante el encargo del presidente y en enterarse de que las leyes francesas establecían que los constructores debían ser franceses.
Aún con sus idas y venidas las cosas iban relativamente bien hasta que se complican en el contexto de una elección de medio término en donde no va que los franceses votan a la oposición, así que las nuevas autoridades no están dispuestas a gastar guita del erario público en una construcción que a esa altura estaba retrasada y amenazaba con salir más cara que la pirámides de Egipto. Digresión: si bien es cierto que no sabemos cuanto costaron las pirámides porque tampoco sabemos con qué presupuesto contaban los extraterrestres, que como todo el mundo sabe, fueron los creadores.
De vuelta a los que nos convoca, hay que decir que el relato, que pintaba como una comedia, con el correr de los minutos se vuelve algo dramático.
El cubo empieza a sufrir modificaciones, el carísimo mármol italiano que se pensaba usar para el piso es reemplazado, los cubos más chicos dejan de existir y lo único que importa es volver a esa estructura inmanejable es un edificio con oficinas y algún cartel publicitario para solventar el asunto.
No se quejen si piensan que es spoiler lo que acabo de contar, porque la historia parte de un hecho real y lo pueden googlear. Von Spreckelsen se pone un poco molesto con sus caprichos – además de perder la cordura pierde a su mujer-, los constructores ya no lo soportan y los burócratas hacen lo que pueden por no perder sus cargos.
Todo va rumbo al desastre, pero la obra fue inaugurada fue inaugurada por el presidente Miterrand en 1989.
¿Qué se hizo del arquitecto ignoto? Para saber eso van a tener que ir a ver la película.
Digamos que la historia daba para alguna buena muestra de grotesco italiano o una comedia argentina, con Guillermo Francella haciendo del arquitecto (y también de Miterrand, ja) pero la filmaron los franceses que son muy pecho frío, como quedo demostrado en la final de 2022.
EL GRAN ARCO
L’Inconnu de la Grande Arche. Dirección: Stéphane Demoustier. Elenco: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud y Michel Fau. Guion: Stéphane Demoustie, basado en la novela de Laurence Cossé. Música: Olivier Marguerit. Fotografía: David Chambille. Edición: Damien Maestraggi. Origen: Francia/2025. Duración: 106 minutos.





