Jeisson Castillo es un artista plástico colombiano cuya obra está muy influenciada por las culturas indígenas de su país y que tiene una relación particular con una comunidad llamada El Itilla, ubicada en el Parque Nacional Serranía de Chiribiquete, en la Amazonía colombiana. Castillo visita con frecuencia este pueblo que vive bastante aislado en medio de la selva y al que se llega después de un largo viaje en lancha. En una de estas visitas se instala en la comunidad para dar un taller de dibujo a los chicos de la escuela, pero también para pasar el tiempo con quienes ya ha construido una amistad y para crear su propia obra en ese entorno.
Es entonces que el artista vive una experiencia muy particular. Como decíamos, no es la primera vez que Castillo visita el lugar y por ende ya conoce los usos y costumbres y también las reglas que rigen al lugar y a la gente. Reglas que no solo se refieren a las relaciones entre los miembros de la comunidad sino también a las relaciones con el entorno de naturaleza que los rodea. Un marco simbólico que tiene consecuencias concretas en lo real.
Pero, aún conociendo esas reglas, Castillo se saltea una. Va solo a dibujar en medio de la selva, a un punto llamado el salado, sin pedir protección para estar en los lugares sagrados. Esto no es algo menor. Después de ello, adquiere una extraña enfermedad, una gran fatiga que lo deja medio postrado. Y aquí interviene una figura curiosa: el sabedor, un miembro de la comunidad en apariencia común y corriente pero con un conocimiento ancestral que le permite intervenir ante las fuerzas que habitan el lugar, pedir, prevenir y curar. A partir de ahí Gori, el sabedor, acompaña a Castillo en un camino de sanación que también tiene mucho de experiencia reveladora.
Jeisson Castillo es un artista real que aquí se interpreta a sí mismo en una ficción con textura documental. Una suerte de híbrido por su forma pero donde lo que prima narrativamente son los elementos de la ficción. La historia es muy sencilla, un relato de aprendizaje, casi un cuento con moraleja.
Juan Pablo Tobal es un realizador argentino oriundo de Córdoba que está especializado en culturas indígenas y que viene trabajando con estas comunidades en varias producciones en distintos territorios de América Latina. Su relación con el protagonista, Jeisson Castillo, se remonta a varios viajes que juntos hicieron recorriendo los territorios amazónicos a lo largo de una década. Se podría decir que Retazos de la memoria es el producto de los saberes acumulados en todo este camino que recorrieron juntos.
Lo importante acá es transmitir la experiencia. Una que Tobal intenta que sea inmersiva, mediante una puesta contemplativa, donde el paisaje ocupa un rol fundamental, no al modo de una postal turística o un documento didáctico (aunque algo de didactismo hay), sino para señalar la importancia de la relación entre los personajes y ese entorno, así como el rol protagónico de este último, su carácter de cosa viva. El sabedor lo señala: las personas, los animales, la selva, el río, todo tiene su poder.
Hay una cierta pretensión de trascendencia que es de algún modo inevitable si de lo que se trata es de traducir a las imágenes aquel conocimiento ancestral. El protagonista pasa por una experiencia transformativa, pero lo interesante es que esta iluminación, si es que cabe el término, no es presentada como un viaje individual, aunque también lo sea en parte, sino como el producto de un trabajo colectivo, como una manera de ver y pensar el mundo en comunidad y en relación a la naturaleza.
RETAZOS DE LA MEMORIA
Dirección: Juan Pablo Tobal Clariá. Intérpretes: Jeisson Castillo, Hermes Londoño, Gory Londoño, Amancio Yucuna, Diego García. Guión: Luciano Juncos, Juan Pablo Tobal Clariá, Jeisson Castillo. Fotografía y cámara: Augusto Caro Ramirez, Juan Pablo Tobal Clariá, Diego Elvio D’Angelo. Música original: Horacio Burgos y Diego Cortez. Montaje: Luciano Juncos. Origen: Argentina, Colombia. Duración: 76 minu





