En 2008, Paolo Sorrentino estrenó su cuarto largometraje, Il Divo, cinco años antes de alcanzar fama internacional y convertirse en uno de los directores más célebres del cine italiano contemporáneo con La grande belleza (2013). Aquel film echaba una mirada impiadosa de la política italiana a través de uno de sus personajes más controvertidos: el tres veces presidente Giulio Andreotti, contando su ascenso y caída, sus casos de corrupción y sus vínculos con la mafia. En 2018 Sorrentino volvió sobre la política italiana y sus personajes con Loro (2018), ahora sobre la figura de Silvio Berlusconi, el empresario más rico y poderosos de Italia, nueve años Primer Ministro, juzgado y condenado por fraude fiscal y por pagar los servicios sexuales de una menor.

La Gracia: La belleza de la duda, su más reciente largometraje, podría pensarse como el último capítulo de una trilogía que posiblemente Sorrentino no se haya planteado como tal. Es interesante entonces observar tanto los paralelos como las diferencias entre Il divo y Loro con La gracia, porque hay de ambos.

El protagonista de esta última película es Mariano de Santis, interpretado por Toni Servillo, quien también se puso en la piel de Andreotti y Berlusconi, y es amigote y protagonista habitual de los films de Sorrentino. De Santis es el Presidente de Italia y está atravesando los últimos seis meses de su mandato, donde se va despidiendo del poder, de sus colaboradores inmediatos y de los lugares que habitó en su estancia en el cargo. Ese es el período en que transcurre el relato, el “semestre blanco”, que es como un estado de tiempo suspendido pero donde, sin embargo, ciertos asuntos urgen y ciertas decisiones deben ser tomadas.

En los tres films los protagonistas ocupan los lugares más altos del poder político italiano y en los tres casos están encarnados por Servillo, en los dos primeros con una interpretación mimética. Giulio Andreotti como un personaje cínico, contenido y lleno de sombras, de una apariencia física frágil pero de un poder real temible. Silvio Berlusconi como un líder expansivo y esperpéntico, un bon vivant fiestero, y un poco grasa, con la prepotencia de quien está acostumbrado a conseguir siempre lo que quiere. Ante estos antecedentes, el de De Santis es un personaje absolutamente diferente. 

La diferencia más obvia es que, al contrario de Andreotti y Berlusconi, Mariano de Santis es ficticio, aunque toma elementos de varios presidentes reales. Pero también su carácter y su personalidad son diametralmente opuestos. De Santis es honesto, sobrio, equilibrado y reflexivo. Quizás demasiado de esto último. Sus colaboradores lo llaman “cemento armado”, en parte por su firmeza pero también por su inflexibilidad y rigidez.

Si bien el contexto del film es el de la política italiana y se trata en buena medida del poder, lo central esta vez son los dilemas morales. Y los que aquejan al protagonistas son varios: por el lado político el principal es la urgencia de algunos colaboradores, en particular su propia hija, con que firme una ley de Eutanasia, que está esperando ser enviada la Congreso. De Santis pertenece a la Democracia Cristiana (al igual que Andreotti, pero con escrúpulos) y su formación religiosa le presenta obstáculos en este tema. La posibilidad de entrar en conflicto, entre otros con su amigo el Papa, también lo detiene, al punto de procrastinar una decisión que hace que su hija ya esté pensando que la firma recién llegará con su sucesor. También los esperan los pedidos de indulto a dos condenados por homicidio en diferentes circunstancias que él debe evaluar ya que, por ley, es el único que puede otorgar semejante medida. 

Pero también hay dilemas de índole personal. El que más lo atormenta es una supuesta infidelidad que habría tenido su difunta esposa con un personaje de identidad desconocida pero que él intuye cercano, un sospechoso bien claro entre su círculo íntimo. Se trata de un episodio ocurrido hace 40 años pero que lo sigue atormentando y que aún no puede superar. Y por otro lado está la agonía de un caballo de los establos del palacio, que él no permite sacrificar pese a que el animal se supone que está sufriendo. Aquí se presenta un paralelo muy evidente (quizás demasiado) entre sus dudas acerca de la eutanasia. 

La gracia es quizás la película más sobria de Sorrentino, un director más afecto a la exuberancia, al despliegue de virtuosismo en la puesta, poco afecto a sutilezas. Acá, si bien hay ciertos momentos de juego visual y estilización más propios de sus films más conocidos, se baja el tono y la puesta está más controlada en función de un relato más introspectivo. Entre las marcas que sí permanecen de su cine, está el uso narrativo y climático de la música pop o clásica, que incluye desde un repetitivo paisaje sonoro electrónico hasta al propio Presidente de la República rapeando y dejándose llevar por el flow. 

El film juega con el concepto de Gracia y sus varios significados, de los cuales cada uno tiene un papel: la gracia como perdón, la gracia como estado, y también el sentido que se menciona cerca del final pero que el título local adelanta de entrada: la reivindicación de la duda. Al respecto, hay incluso hasta un paradójico elogio de la burocracia como la salvaguarda de tomar decisiones apresuradas

En una época donde gran parte de los protagonistas de la política se manejan en una arena de brutalidad, agravio y humillación del adversario, de gestos grandilocuentes y bravuconadas, con la idea del rival como enemigo a destruir, el protagonista de La gracia es un poco extemporáneo. Alguien que privilegia la reflexión sobre las certezas fáciles, que se hace preguntas e intenta responder a los dilemas éticos según sus convicciones sin tampoco darlas por definitivas. Quizás en parte, y tristemente, es por eso que el personaje necesita ser ficticio

LA GRACIA: LA BELLEZA DE LA DUDA
La grazia. Dirección: Paolo Sorrentino. Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano. Guión: Paolo Sorrentino. Fotografìa: Daria D’Antonio. Edición: Cristiano Travaglioli. Diseño de producción: Ludovica Ferrario. Origen: Italia: 133 minutos

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