El del alumno que se enamora de su maestra es un tópico bastante común, que en la historia del cine ha dado lugar más que nada a la comedia. Sin embargo, para Johanne (Ella Øverbye ) el asunto no es ningún chiste. Johanne es una estudiante del último año de secundaria que todavía no está muy segura de cuál va a ser su futuro. En ese momento de búsqueda e incertidumbre es cuando conoce a Johhana (Selome Emnetu), su profesora de francés (el parecido de los nombres aporta cierta confusión pero es probablemente intencional). Al deslumbramiento por esa profesora atractiva, segura y confidente, le sigue prontamente un enamoramiento de esos que duelen, en parte por su intensidad, en parte por saberlos imposibles. Y si bien Johanne encuentra una excusa para ver a Johanna diariamente en su casa para tomar unas lecciones de tejido cuyo interés está dado solo por la posibilidad del encuentro, la joven sufre y vive su amor en silencio sin atreverse a contarle a su amada lo que siente.

Aunque este silencio no incluye la palabra escrita. Johanne va llevando un diario donde va contando la evolución de este amor desde sus comienzos, incluyendo sus padeceres, sus dudas, sus reflexiones y sus fantasías. Con el tiempo, Johanne se atreve a mostrarle el diario a su abuela Karin, una poetisa de actitud liberal, y esta, a su vez, a su propia hija Kristin, es decir la madre de Johanne. Esto va a provocar toda una serie de reacciones y consecuencias complejas e imprevisibles. 

Sueños de Oslo forma parte de la trilogía “Sex, Love, Dreams”  del realizador noruego Dag Johan Haugerud, cuya primera entrega, Sex (2024), se estrenó en Argentina el año pasado. De la segunda entrega, Love, todavía no hay noticias localmente. Tanto Sex como Sueños de Oslo participaron del Festival de Berlín en 2024 y 2025 respectivamente donde obtuvieron sendos premios.La primera el Premio ecuménico del Jurado en la Sección Panorama, y la que ahora nos ocupa nada menos que el Oso de Oro a la Mejor Película. 

Como las otras películas de la trilogía, desde el título está anunciado el objeto del que se propone reflexionar, en este caso los sueños y el mundo de las fantasías. Casi como si se propusiera a sí misma como un ensayo. Una propuesta que puede sonar un poco pretenciosa pero que al realizador parece no preocuparle. Aquí este mundo soñado es relevante en tanto gran parte de lo que Johanne cuenta en el libro pasa puramente en su cabeza. Ese amor no correspondido, que ni siquiera se osa nombrar en voz alta, tiene toda una construcción en la imaginación, los deseos y las escenas fantaseadas. Con un nivel de detalle que hace que, cuando madre y abuela lo leen, se preocupan seriamente por cuánto de lo que allí se cuenta efectivamente ocurrió. 

Pero, al igual que Sex, Sueños de Oslo es una película sobre la identidad. Que aquí, tratándose de una adolescente, ya no es una crisis sino su misma construcción. La identidad sexual, por un lado, donde la abuela define el escrito de su nieta como un “exponente del Despertar Queer”. También la identidad como vocación, en la medida en que la posibilidad de publicar este diario en forma de libro, algo con lo que esta abuela se entusiasma y sondea la posibilidad con una amiga editora, hace que Johanne empiece a pensar en la posibilidad de ser y de reconocerse ella misma como una escritora. 

Y también, como en el otro film, hay algo de las consecuencias inesperadas. Confesiones y pedidos de consejo que abren puertas que ya no pueden cerrarse. Son interesantes las reacciones que el diario provoca en los demás, abuela madre y la propia mujer amada, algo que la autora no puede prever y que va por sus propios carriles. Alarma en la madre, temor en Johanna de que esto pueda ser interpretado como un intento de seducción de su parte, mientras la abuela recorre todo el pasaje que va de un inicial entusiasmo a una no muy sana envidia por el talento de la nieta hasta finalmente una crisis con su propia historia. Inclusive se produce una discusión fuerte entre madre y abuela, con sabor a pase de facturas, acerca de las cualidades modélicas de Flashdance.

El film se maneja en un medio emocional y social bastante amable. Para un observador externo todas estas discusiones pueden parecer problemas de personas que tienen sus necesidades resueltas, pero es evidente que en ellas provocan verdaderas tormentas internas. Los personajes pertenecen a una clase media acomodada, progresista y tolerante, donde estos temas no generan alarma, o por lo menos no desde el escándalo y la represión. Hay una calidez emocional que la imagen acompaña desde los tonos, los colores y texturas, a diferencia de Sex donde lo que primaba era el ascetismo y los ambientes fríos. 

Todo se habla, quizás demasiado, y ese es probablemente el gran problema del film. Nuevamente estamos ante una sobrecarga de discurso que se vuelve agotadora. Todo pasa por la voz en off y los diálogos, sin que haya un momento en que no estemos escuchando un discurso hablado. Prácticamente toda la experiencia de Johannae es relatada por ella en off, como si fueran pasajes de su diario y las imágenes son muchas veces mera ilustración de lo que la voz está contando. Mientras tanto, todas las reacciones en los demás se juegan a través de extensas discusiones. Pareciera como si el realizador confiara en el cine como medio para plantear y discutir cuestiones complejas, pero no tanto en las posibilidades de su propio lenguaje para expresarlas.  

SUEÑOS DE OSLO
Drømmer. Dirección: Dag Johan Haugerud. Intérpretes: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen. Guión: Dag Johan Haugerud. Fotografía: Cecilie Semec. Música: Anna Berg. Edición: Jens Christian Fodstad. Diseño de producción: Tuva Hølmebakk. Origen: Noruega. Duración: 116 minutos

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