Cuando en 1996, Nicolas Winding Refn estrenó su primer largometraje, Pusher, probablemente no esperaba la repercusión que tuvo ni todo lo que desataría. El que sería considerado el primer film de gangsters de habla danesa fue un éxito de crítica y público, disparó la carrera de algunos de sus protagonistas, entre ellos un muy joven Mads Mikkelsen, generó dos secuelas en 2004 y 2005, y convirtió en una especie de estrella indie y del cine de género al realizador que en ese entonces tenía 26 años.
30 años después, Refn estrenó su última película Su propio infierno en el Festival de Cannes y la respuesta no fue tan entusiasta. Los reportes dicen que obtuvo una reacción mixta: mientras algunos la ovacionaron (en esas interminables y ridículas ovaciones de pie que el festival hizo famosas), otros varios se fueron en el medio de la proyección debido al aburrimiento. Las reseñas también fueron mixtas. Y es que, si bien conserva cierto fandom, hace rato que el realizador danés perdió el favor de una buena parte de la crítica.
En estos 30 años que distan entre su primer y último largometraje, el cine de Refn evolucionó de una manera particular, distanciándose cada vez más de ese cine crudo y de guerrilla de su ópera prima para recorrer un progresivo camino de estilización y sofisticación de la puesta en escena, que frecuentemente cae en el manierismo, pero en el que a veces frecuentes o a veces esporádicos estallidos de violencia recuerdan que la visceralidad de aquellos comienzos está ahí en alguna parte.
Hasta su anterior film The Neon Demon, sus películas siempre fueron una experiencia audiovisual que valía la pena atravesar. Su propio infierno es el primer largo desde aquel que fuera protagonizado por Elle Fanning en 2016. Han pasado 10 años desde entonces y en el medio hubo dos miniseries, Too Old to Die Young (2019) y Copenhagen Cowboy (2023), y unos cuantos cortos publicitarios para marcas exclusivas. Y en esto último quizás haya alguna pista de lo que ahora tenemos enfrente.
En una suerte de metrópolis futurista y casi siempre nocturna, Elle (Sophie Thatcher) es una joven actriz que, filmando una película de ciencia ficción, conoce a su co-estrella Hunter (Kristine Froseth) y la invita a compartir su opulenta vida de nepobaby, ya que Elle es la hija del a su vez director estrella Johnny Thunders (nada que ver, suponemos, con el prócer del glam, el rock’n roll y el proto punk). Las acompaña Dominique (Havana Rose Liu), la esposa de Johnny, que es o fue amiga de Elle y que tiene casi la misma edad, aunque se verá después que hay algunos temas no resueltos entre ellas.
Esa ciudad sin nombre pero inequívocamente nipona empieza a ser rodeada por una niebla ominosa y espesa que anuncia fatalidades. Más precisamente la llegada de Leatherman, un legendario asesino serial, fantasmal y enmascarado, que deambula por las calles y mata mujeres con sus guantes incrustados de diamantes. Mientras tanto, un soldado norteamericano conocido como Private K (Charles Melton) recorre esta ciudad ajena buscando al asesino a quien supone responsable de la desaparición de su hija.
Como en varias de las películas del realizador danés, hay en una mixtura de unos cuantos géneros: algo de ciencia ficción, algo de thriller, algo de weird fiction, algo de cine de yakuzas, algo de drama familiar y también de terror, o más precisamente de giallo, porque de ahí es de donde sale la imaginería de Leatherman. Se despliega una estética ochentera de superficies pulidas, neón y tonalidades frías de turquesa y magenta, dentro de un cuento de hadas sombrío salpicado con escenas de lucha estilizada y una violencia que linda con el gore.
Su propio infierno es un caramelo visual que no alimenta pero tampoco entretiene y al final termina empalagando. Y el problema no es que sea pura forma. Muchas películas interesantes son puro disfrute visual donde la trama es secundaria o apenas una excusa. El problema es que tiene apenas un puñado de ideas visuales que pueden ser atractivas que se repiten y repiten durante largos 110 minutos. Por momentos parece más relacionada con sus cortos publicitarios para marcas como Gucci, Prada, Hennessy o MV Augusta que con sus largometrajes.
Hay muchas influencias: de Jodorowski a De Palma, de Walter Hill a Michael Mann, de Seijun Suzuki a Dario Argento, pero sobre todo aquí quiere con ganas ser Lyncheano. Sin embargo, hay algo que se siente insuficiente. Refn encara la expresión de lo siniestro a pura gravedad, y hay que recordar que el gran David podía ser oscuro e inquietante pero no se tomaba tan en serio ni era tan solemne.
Tampoco es un entretenimiento descerebrado. Por el contrario, es una película que sí se toma demasiado en serio, con actores que recitan de forma lánguida y solemne párrafos con aires de trascendencia. Solo cerca del final su protagonista se desata para hundirse en los excesos del melodrama. Está claro que no se trata de ofrecer una puesta naturalista sino de ingresar en una realidad corrida, de puro extrañamiento, pero que en este caso es más afectada que alterada.
Su propio infierno es una película decepcionante para un autor que, mejor o peor, con películas más o menos logradas, siempre tenía algo interesante que mostrar. Es tentador hacer el juego de palabras y decir que el realizador está perdido en su propio infierno, pero lo más probable es que él crea que este infierno está encantador.
SU PROPIO INFIERNO
Her Private Hell. Dirección: Nicolas Winding Refn. Intérpretes: Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth, Shiori Kutsuna, Dougray Scott, Diego Calva. Guión: Esti Giordani, Nicolas Winding Refn, sobre una historia de Nicolas Winding Refn. Fotografía: Magnus Nordenhof Jønck. Música: Pino Donaggio. Edición: Matthew Newman. Diseño de Producción: Gitte Malling. Origen: Estados Unidos, Dinamarca. Duración: 110 minutos.





