La tendencia de recrear en la pantalla casos policiales reales, y sobre todo célebres, no parece remitir, sea desde la ficción o desde el documental también llamado True Crime. La tendencia es internacional y aquí también pegó con fuerza. Y es que la crónica policial argentina tiene un abundante surtido de personajes y casos que son pasta de audiovisual, varios de los cuales ya fueron adaptados o documentados. No tiene sentido ser exhaustivo pero los ejemplos son numerosos y algunos incluso han gozado del doble tratamiento, sea en forma de largometraje o de serie.
El caso de Ricardo Barreda, el odontólogo de La Plata que en 1992 asesinó a tiros a su esposa, su suegra, y sus dos hijas, tanto por su estatura icónica como su difusión mediática, era material cantado y solo cuestión de tiempo que se hiciera una ficción sobre el mismo. De hecho ya existe una serie documental: Barreda, el odontólogo femicida (2025).
No sorprende en este contexto que la encargada de llevar el caso a la pantalla sea Daniela Goggi, quien, al igual que Alejandro Hartmann en el documental, parece especializarse en estos casos, aunque siempre del lado de la ficción. Basta ver sus antecedentes ya que sus dos películas anteriores forman parte de esta tendencia: El rapto (2023), sobre el secuestro y asesinato del empresario Osvaldo Sivak, y María Marta: el crimen del country, sobre el asesinato de María Marta García Belsunce.
Barreda, la película, se ocupa no sólo de abordar al episodio en su vertiente específicamente policial y criminal, sino de enfrentar una de sus aristas principales y más inquietantes: la celebridad mediática del personaje y el apoyo por parte de numerosas personas, casi siempre hombres, que se sentían de algún modo reivindicados y convirtieron al odontólogo en una suerte de ídolo popular.
A lo que apunta el film de Goggi es a poner en cuestión y refutar la versión extendida y difundida de Barreda como víctima, un pobre tipo maltratado y humillado que un día no aguantó más y estalló. La versión del hombre degradado a quien las mujeres de la casa llamaban “Conchita” y que fue difundida por su defensa en el juicio. Esta narrativa no sirvió para librarlo de la condena judicial (esto difícilmente sea un spoiler) pero prendió en buena parte de la sociedad que, a través de chistes, comentarios misóginos, la defensa desvergonzada, o la apelación a la solidaridad ante una supuesta la masculinidad herida, contribuyó a la justificación más o menos abierta del femicidio.
Para dar cuenta de la relación de Barreda y su familia y de la construcción de su personaje público, el relato del film se desarrolla en dos líneas temporales que van en paralelo para encontrarse al final. Una que va desde el instante posterior al cuádruple crimen y continúa durante la aprehensión y el juicio, y otra que retrocede un tiempo antes para retratar cómo fueron los últimos meses de esa familia, de convivencia entre futuro asesino y víctimas.
El Barreda que compone Machin es frío, contenido, pero lleno de violencia interna. Un personaje con una tendencia al delirio reivindicativo, a veces coqueteando con lo paranoide (como cuando escucha frases que interpreta como alusiones humillantes dirigidas a él) pero a la vez lúcido y calculador. Machin no es parecido físicamente al Barreda real, pero quienes hayan visto los numerosos archivos del mismo, sentirán que la caracterización es verosímil.
El retrato de las víctimas, en tanto, se encuentra con un obstáculo que los mismos autores explicitan: es poco lo que se sabe de ellas ya que, al revés del asesino que obtuvo abundante atención, la información sobre las mujeres asesinadas fue fragmentaria, incompleta y en muchos casos agraviante y humillante.
La reconstrucción de cómo eran se hizo entonces a partir de los testimonios de quienes las conocieron. Testimonios que contradicen esa imagen pública que llegó incluso a invertir su rol y colocarlas en lugar de victimarias pasivo-agresivas que se buscaron y ganaron su violento final. Con esas piezas las actrices que las interpretan, Carla Peterson, Mercedes Moran, Maite Lanata y Margarita Paez, logran formar un cuadro creíble que humaniza, les da carnadura y una voz que les fue negada.
A pesar de lo atroz del episodio, el tono del film es bastante sobrio y elige la sutileza por sobre lo explícito, reservando ese recurso para más cerca del final, cuando llega el momento de escenificar el crimen. El guión, escrito a 10 manos, y la realización son bastante convencionales y no hay muchas sorpresas formales. Sin embargo hay algunos hallazgos interesantes en la puesta atendiendo a los detalles. Un buen ejemplo es la escena con una de sus hijas, donde Barreda abandona su actitud hierática para dar rienda suelta al maltrato y la violencia verbal. Algo que la realizadora resuelve simplemente mostrando ese pasaje con el personaje acomodándose la dentadura postiza y, solo con ello, logra transmitir la sensación de lo siniestro.
Si hay algo evidente en Barreda, la película, es que hay una clara toma de posición: reivindicar a las víctimas y desmontar el relato del Barreda victima. Esto que podría parecer, y debería ser obvio, sin embargo no lo es tanto. Por eso también, aunque no profundice tanto en ello, se incluye y se pone en cuestión el rol de los medios que compraron la “versión Conchita” y, sobre todo, la crítica a una parte de la sociedad que tomó partido abiertamente por un asesino y lo tomó como una suerte de icono. Un hito dentro de un discurso misógino que, 35 años después, sigue lamentablemente presente.
BARREDA
Dirección: Daniela Goggi. Intérpretes: Luis Machín, Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata, Margarita Páez, Marcelo Subiotto, Paola Barrientos, Alberto Ajaka. Guión: Juan Cavoti, Daniela Goggi, Josefina Licitra, Donna Sanguinetti, Tamara Talesnik. Fotografía: Cristian Cottet. Música: Luciano Supervielle. Edición: Andrea Kleinman. Diseño de Producción: Julián Romera. Origen: Argentina. Duración: 105 minutos.





