Hay ciertos personajes icónicos, tan enraizados en la cultura popular, que permiten diversas lecturas y relecturas y aún así podrían seguir siendo reconocibles. Robin Hood es uno de ellos. Un forajido legendario cuyos orígenes se remontan a historias orales del Medioevo creadas por un autor anónimo o colectivo. Los miembros de más de una generación lo conocimos en la colección de libros amarillos que lleva su nombre (y aquí se nos cayó el documento).
El cine contó su historia de múltiples y diversas maneras. Tratar de ser exhaustivo aquí sería un objetivo arduo e inutil. Basta señalar que existen todo tipo de versiones, desde las más fieles al mito hasta las más revisionistas, pasando por las fantasías animadas y las versiones paródicas. Un personaje de ese calibre, de esa categoría mítica, da para casi todo. Incluso para una lectura desmitificadora, violenta y crepuscular.
Esta nueva aproximación, dirigida por Michael Sarnoski, tiene a Robin Hood protagonizado por un intenso Hugh Jackman. Robin es un bandido ya mayor y en retirada, si es que uno puede retirarse de esa vida. Las historias que circulan sobre él lo pintan como el héroe que llegó a nuestros días: el valeroso paladín que enfrenta a los poderosos y roba a los ricos para darle a los pobres. Pero él sabe que esta fama es puro cuento, embellecimientos de una realidad más cruda y vergonzante. Robin fue un bandido, sí, pero uno que robaba para sí mismo y sus cómplices, que asaltaba a quien sea, rico o pobre, y que en sus tropelías no tuvo ningún escrúpulo en matar a hombres, mujeres, niños o familias enteras.
Robin vive sus días de vejez solo y alerta, sin posibilidad de disfrutar su inmerecida fama. Porque también están los otros, los hermanos, los hijos, o el pariente que sea de las múltiples víctimas que el bandido se cargó, que continuamente vienen a buscar venganza, y a quienes enfrenta y despacha con desapasionada resignación.
Pero esa no es la única manera en que su pasado lo visita. Otro que también viene a buscarlo es su antiguo amigo y cómplice Little John (a quien localmente conocimos como Pequeño Juan y aquí interpreta un casi irreconocible Bill Skarsgård). Lo visita bajo otro nombre porque se consiguió otra vida como granjero, con tierra, mujer e hija y que le fue arrebatada por otros sujetos. Little John pide a Robin su ayuda para recuperar lo que es suyo y, sin mucho entusiasmo, este lo acompaña, incluso cuando sabe la forma en que aquél consiguió lo que ahora reclama.
La incursión resulta en un baño de sangre y con Robin, Little John y Margaret, la hija de este, escapando del lugar. En su huida llegan a una suerte de convento/refugio liderado por la hermana Brigid (Jodie Comer), una religiosa que toma a su cuidado a un grupo de niños y enfermos, seres vulnerables, heridos, huérfanos y perdidos, que encuentran protección y una nueva comunidad en esa isla apartada del mundo. Finalmente Robin tendrá que hacerse cargo de la hija de su amigo y de protegerla también de aquellos que pueden venir a reclamar su deuda en sangre.
La presencia de Hugh Jackman hace inevitable pensar en Logan (2017), de James Mangold, donde el actor se despedía de Wolverine, el personaje que lo hizo famoso (aunque después lo volvió a retomar en una buddy movie con Deadpool). Y es que tanto el film de Mangold como el de Sarnoski, con similares temas y tono, retratan desde una perspectiva adulta y pesimista a un personaje agotado y en retirada, cuya sola presencia es un imán para los malvados y un peligro para los que lo rodean, y que alcanza cierta redención a partir del cuidado de una joven en peligro.
Michael Sarnoski llamó la atención con Pig (2021), una notable ópera prima, tensa y a la vez sutil, con el siempre sorprendente Nicolas Cage. Después de confirmar su promesa con Un lugar en silencio: Día uno (2024), el realizador retoma ahora en su tercera película elementos de la primera, como ser su protagonista solitario, hosco y malhumorado, proclive a solucionar las cosas con la violencia. Pero al mismo tiempo, como en aquel film, Sarnoski prepara un escenario para después desafíar las expectativas del espectador en el último tramo.
Se podría decir que hay dos partes bien diferenciadas en el film. Una primera hiperviolenta, oscura y desesperanzada. Y otra, a partir de que se llega a esta suerte de refugio, donde algo de luz finalmente aparece. Hasta literalmente hablando, ya que los descampados áridos, lúgubres y de cielos plomizos, que contrastan notablemente con las alegres arboledas del Robin de los Bosques, son seguidos en la isla por cielos límpidos y un poco más de claridad. A partir de allí también se abren otros caminos para los personajes que no sean el eterno ciclo de muerte. Se trata así de una historia sobre la futilidad de la venganza.
Y es también una historia de despedida. El título por supuesto es un spoiler andante, pero la cuestión aquí es la posibilidad de una despedida distinta a la que el personaje imaginaba.
Lo crepuscular, la tristeza ante el final del camino, no implica nostalgia, ya que el protagonista sabe que la era dorada nunca existió. Del pasado lo que queda es la culpa (a veces), el cansancio y el hastío ante una rueda de venganza que no se detiene jamás. En el futuro, donde parecía no haber nada, salvo una leyenda falaz que no puede desmentir, podría haber esperanza, quizás una forma de liberación.
LA MUERTE DE ROBIN HOOD
The Death of Robin Hood. Director: Michael Sarnoski. Intérpretes: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett, Faith Delaney, Noah Jupe. Guión: Michael Sarnoski. Fotografìa: Patrick Scola. Música: Jim Ghedi. Edición: Andrew Mondshein. Diseño de producción: David Lee. Origen: Estados Unidos. Duración: 123 minutos.





