En el marco del Día del Cine Nacional, que se festeja en homenaje a la proyección del 23 de mayo de 1909 de la primera película argentina, “La Revolución de Mayo” de Mario Gallo, la fecha es una excusa para repasar cuál es el estado de las cosas en el sector audiovisual, que en apenas dos años de gestión del gobierno de Javier Milei, prácticamente desapareció como industria y apenas resiste con una ínfima producción, el derrumbe de la cantidad de espectadores en las salas y casi nula visibilidad internacional.
La lógica del ajuste permanente, el desprecio por las instituciones, la falta de empatía, la vulgaridad como método y la crueldad como política de estado sin duda afectaron también al cine nacional, empezando por su institución más importante, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), a cargo del economista Carlos Pirovano, que por su gestión bien podría hacer suyo aquello de «Amo ser el topo dentro del Estado, yo soy el que destruye el Estado desde adentro», como dijo el presidente Milei a poco de asumir.
Lo cierto que desde que fue designado como presidente del Incaa en febrero de 2024, Pirovano se dedicó con entusiasmo y ahínco a implosionar al organismo que preside y, por ende, debilitar hasta lo inimaginable al sector audiovisual.
De utilizar los fondos que se recaudan por la venta de entradas a la timba financiera y no liberar recursos para el fomento y condenar a la producción local a una sostenida agonía, de dejar librada a su suerte a las películas sin aplicar la cuota de pantalla y la media de continuidad, pasando por achicar hasta lo ridículo al Festival de Cine de Mar del Plata (una de las vidrieras de la producción local hacia el mundo), y claro, dejar sin una estructura mínima al Instituto de Cine y manejar sus políticas como un tirano en plena facultad de su ignorancia y eludiendo con soberbia la función de cogobierno del Consejo Asesor, compuesto por representantes de todo el país.
Como resultado de esta dirección de la industria, durante 2025 se vendieron un total de 1.109.893 de entradas sobre películas argentina, una participación del 3,18%, sobre el total de tickets vendidos, la segunda más baja de la historia detrás de 2021 -uno de los años de la pandemia, con cines cerrados- cuando ese número apenas llegó al 2.06%, según detalla la consultora Ultracine.
Por supuesto, todos estos ataques del gobierno a la cultura en general y al sector audiovisual en particular, además de tener como consecuencia menos producción y reducción dramática de espectadores, también sumó otras perdidas, como la migración lógica de coproducciones con otros países que ahora encuentran condiciones mucho más favorables en Uruguay, y la perdida de la exclusividad de Ventana Sur, el mercado audiovisual más importante de Latinoamérica que se hace desde 2009 en Buenos Aires en conjunto con el Marché du Film del Festival de Cannes y que ahora comparte alternancia con Montevideo.
Y claro, a todo este panorama desalentador se le suma la poca representación del cine nacional en festivales internacionales, en donde la Argentina viene siendo protagonista desde hace por los menos dos décadas y ahora pierde mercados internacionales, sin nada para mostrar a los compradores del mundo.
Sin embargo, la larga tradición de resistencia y lucha en la Argentina, necesariamente debe ser tomada como horizonte para evitar el desaliento.
Aún en las peores condiciones, con un ataque que día a día hace más difícil producir -un presente en donde parece que la única opción posible de exhibición son las plataformas extranjeras, que dicho sea de paso no pagan impuestos en el país-, el cine y quienes lo hacen posible se abre paso.
Solo como ejemplo, baste señalar que en la última edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), se presentaron más de 4.000 títulos argentinos, la mayoría de directoras y directores nóveles, con producciones sin el apoyo del Incaa y en muchos casos, rodadas con celulares.
Está claro que ese no es el camino, pero es justo recordarlo a la hora del desaliento. Esa energía vuelve a señalar que no hay que perder de vista que no muchos países como la Argentina tienen un cine propio, al igual que son muy poco pocos los que tienen una salud y educación pública, o desarrollo espacial, energía nuclear y otros tantos logros.
El cine es parte de esa orgullosa historia colectiva.





