Empecemos por el final. Uno de los carteles previos a los títulos de cierre dice que Sin aliento (1960) es considerado “uno de los films más importantes jamás realizados”. Esto no es un spoiler, a esta altura todo el mundo lo sabe incluso antes de ver esta película. Y si no, debería. À bout de souffle, que por aquí se estrenó como Sin aliento, y en España como Al final de la escapada, el primer largometraje dirigido por Jean-Luc Godard, es uno de los hitos de la historia del cine y, junto a Los 400 golpes (1959) de su colega y amigote François Truffaut, uno de los pilares de la Nouvelle Vague francesa, el movimiento rupturista surgido de las entrañas de Cahiers du Cinema, la revista de crítica de cine más importante e influyente desde su fundación en 1951 hasta la fecha.
Nouvelle Vague es también el título de esta película dirigida por Richard Linklater, uno de los autores más interesantes, prolíficos y versátiles del cine americano de los últimos 35 años. Una biopic al estilo de las más contemporáneas, que en lugar de contar una vida o una biografía completa eligen contar un momento específico, en este caso un momento clave de una vida, la de Godard realizando Sin aliento, pero también un momento clave en la historia del cine. Tan solo un par de meses que redefinen todo.
El relato arranca mostrando el lugar incómodo en que estaba Godard (Guillaume Marbeck) antes de filmar esta, su opera prima, como el último de los criticos de Cahiers en filmar su película, algo que teniendo en cuenta el ego que uno le adjudica (y la película confirma), es una tortura emocional para él. “La mejor manera de criticar un film es hacer uno” dice Godard de manera desafiante, pero él todavía no hizo ninguno, o hizo un corto que él mismo se niega a considerar. Sabe que ahora tiene que demostrar en lo real todo lo que viene declamando.
Linklater juega con lo que el espectador sabe y con lo que supone, y en algunos casos lo confirma pero a su vez le agrega algo más. Como a la personalidad de Godard que es todo lo provocadora, vanidosa y un poco insufrible que uno sospecha a partir de su imagen pública, pero agrega una saludable cuota de inseguridad y vulnerabilidad que el personaje trata de esconder con éxito relativo.
Hay interesante retrato de la dinámica entre Godard y la pareja protagónica del film, Jean Paul Belmondo (Aubry Dullin) y Jean Seberg (Zoey Deutch). Belmondo, más despreocupado y entusiasta, dispuesto a seguir las locuras y caprichos de Godard aun cuando no lo entienda del todo, y Seberg más atormentada, sin lograr conectar con las ideas del director y muriendose de ganas por renunciar aunque sigue hasta el final por consejo y presión de su marido y manager (y luego director) François Moreuil. El parecido de los actores con los personajes reales a veces es notable y a veces no tanto, pero no parece ser algo que al realizador le haya preocupado específicamente.
Los protagonistas son, por supuesto, Godard, Belmondo y Seberg, pero también los miembros de Cahiers, en particular Truffaut, Claude Chabrol y Suzanne Schiffman (directora de un solo film pero guionista de muchas de las obras de Truffaut y Rivette entre otros). Y aparecen prolijamente presentados casi todo el staff de la revista y varios integrantes de la industria cinematográfica francesa del momento. Y en un lugar destacado los padrinos del movimiento: Roberto Rossellini, Jean-Pierre Melville y Robert Bresson, cada uno en una escena clave, cada una un mojón en el relato, y que en todos los casos funcionan como maestros que le dejan una cuantas enseñanzas al protagonista para que las siga o (como el propio Melville sugiere) las ignore.
El film reproduce esos históricos 20 días de rodaje pero es lo menos parecido a una épica. El ambiente es ameno, todos parecen estar divirtiéndose (excepto Seberg y el productor Georges de Beauregard) a pesar de las extravagancias del director que ya en su debut se comporta como el divo imprevisible que continuará siendo el resto de su carrera. Los conflictos se resuelven entre bromas, diálogos agudos y a veces algún arrebato fisco, y en general hay un clima de camaradería y diversión, una voluntad de desdramatizar lo que significa hacer una película, aún si para quienes lo hacen el cine es lo más parecido a una causa, a una religión.
La película es un playground, un parque de diversiones para cinéfilos, llena de referencias, personajes, citas y anécdotas, que presenta a sus personajes principales y secundarios con una tomas fijas posando a cámara con el nombre mediante una cartel decididamente retro para que sepamos de movida a quién tenemos enfrente. Linklater hace una reconstrucción rigurosa pero a la vez juguetona, la película está hablada en francés, rodada en fílmico que reproduce la textura de los films de la época, en el formato 1:37 del film original (que Godard dice que prefiere cuando el camarógrafo opina que es un poco arbitrario), metiendo además la marca al final de cada rollo que indica al proyectorista la necesidad de cambiarlo.
Linklater, que a su vez está en un particular momento de creatividad, con otro film dando vueltas (Blue Moon), homenajea a Godard no sólo contando su historia, o la historia de ese momento bisagra, sino porque su película también tiene algunas de las marcas del homenajeado. En particular porque está llena de citas de escritores y directores, de consignas y slogans de barricada, de vocación por jugar con el dispositivo, pero sobre todo porque, aunque hace de cuenta, no se toma a sí misma demasiado en serio.
NOUVELLE VAGUE
Nouvelle Vague. Dirección: Richard Linklater. Intérpretes: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin, Bruno Dreyfürst, Benjamin Clery, Matthieu Penchinat, Pauline Belle. Guión: Holly Gent, Vince Palmo Jr, Laetitia Masson, Michèle Pétin. Fotografìa: David Chambille. Edición: Catherine Schwartz. Origen: Francia, Estados Unidos. Duración: 106 minutos.






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