Robert Granier (Joel Edgerton) es un jornalero, un trabajador que se gana la vida con trabajos ocasionales, a veces como obrero en la construcción del ferrocarril, a veces aserrando troncos en la zona del noroeste de los Estados Unidos mientras transcurren en las primeras décadas del siglo XX. Se trata de un personaje de clase trabajadora cuya vida no es esencialmente extraordinaria, pero eso es precisamente lo que tenía en mente retratar Dennis Johnson cuando lo tomó como protagonista de su novela corta «Sueños de Trenes» de 2011. Y es lo que seguramente tiene en mente el realizador Clint Bentley a la hora de adaptar esa novela al cine.
Sueños de trenes es el segundo largometraje de Clint Bentley tras su opera prima Jockey de 2021 que ganó el premio Independent Spirit en el Festival de Sundance de aquel año. Este segundo film fue estrenado también en Sundance y adquirido por Netflix para su plataforma, tras un paso testimonial por salas en Estados Unidos a fin de estar disponible para la temporada de premios. Y no sería raro que se lleve alguno.
El film es un recorrido por la vida de Granier desde su nacimiento hasta su muerte, una vida de trabajo, de penurias y dificultades que tiene también sus alegrías y momentos luminosos, en particular los que tienen que ver con la vida junto a su esposa Gladys (Felicity Jones) y su pequeña hija Kate. Una vida que también sabe de grandes pérdidas y que es testigo de un periodo histórico de grandes cambios, los de la transformación de Estados Unidos en potencia. Una historia de vida que atraviesa y se ve influida por la historia con mayúscula y donde la gran historia a veces puede llevarse esa vida puesta.
Hay en la puesta en escena una influencia notoria del cine de Terrence Malik, sobre todo el de Dias de gloria (1978) o más cerca el de El árbol de la vida (2011). Se puede reconocer en la relación del personaje con el paisaje, con la naturaleza, en su lirismo, en los momentos contemplativos y en la importancia de lo sensorial, en su atmósfera entre realista y soñada. Influencias que Bentley reconoce explícitamente, junto a la de Tarkovsky, por ejemplo en El espejo (1975) y también se puede ver algo del cine indie de autores y autoras contemporáneas como Kelly Reichardt en films como First Cow (2019).
Granier es un hombre de clase trabajadora, un ser anónimo, que seguramente no dejará una huella en la historia, una vida acaso pequeña pero a la que el realizador le da una dimensión épica. Hay ahí una decisión que es de puesta en escena pero que también podría ser ética en el sentido de que estas vidas, que pueden pensarse acaso insignificantes, también importan. Esto se explicita un poco en el discurso de la empleada forestal interpretada por Kerry Condon cuando dice que en el bosque (y hacemos la traslación, en el mundo), cada pequeña cosa cuenta, cada criatura cumple su rol, todo está entrelazado y es difícil decir donde algo comienza y algo termina. Esa es también una dimensión espiritual.
El relato tiene una estructura episódica. Se ordena como una sumatoria de momentos, a veces son pequeñas anécdotas, a veces impresiones, a veces momentos definitorios. Tiempos de bonanza y de esperanza, a veces grandes catástrofes personales. Y hay hechos que adquieren un mayor peso con el tiempo, como el arbitrario asesinato de un compañero del ferrocarril del cual Granier es solo un testigo sin poder hacer nada para evitarlo, pero que con el tiempo dejan una profunda huella en él y hasta una culpa que lo persigue hasta el final y resignifica sus propias tragedias. En esta sumatoria es el relato en off, narrado por Will Patton, el que le da una cohesión a esos episodios, y los ordena en una historia de vida con impresión de linealidad.
Hay además algo de western crepuscular en la propuesta. Como una serie de episodios en el relato general de cómo se construyó el Oeste (en este caso el Pacific Northwest) y sobre todo en la constatación, a través de los ojos del protagonista, del fin de una era. Para este retrato, el film cuenta con una reconstrucción de época que no aspira al despliegue decorativo sino a transmitir una sensación de verdad, a dar la idea de viaje en el tiempo y a asomarse a una época que ya no existe: el universo de la primera mitad del siglo XX, que no debería parecernos tan lejano y, sin embargo, ya es definitivamente extraño, un mundo perdido, completamente distinto y ajeno.
Es fundamental aquí la interpretación de Joel Edgerton de Granier, la de un tipo simple, más bien retraído y poco expresivo, a la cual el actor dota de humanidad, profundidad y hace que el espectador sienta cercanía con él. Lo que queda es la impresión de fragilidad de esa vidas, la idea de que nada permanece, ni esos árboles de 500 años, ni el puente que los obreros construyen, mucho menos las vidas de los que lo levantan. Nada salvo el todo del que aquello forma parte. Sueños de trenes deja al final una sensación de melancolía, de compasión y cariño por sus personajes y por la aventura extraordinaria de sus vidas ordinarias.
SUEÑOS DE TRENES
Train Dreams. Dirección: Clint Bentley. Intérpretes: Joel Edgerton, Felicity Jones, Clifton Collins Jr., Kerry Condon, William H. Macy. Guión: Clint Bentley, Greg Kwedar. Sobre la novela de Denis Johnson. Fotografía: Adolpho Veloso. Música: Bryce Dessner. Edición: Parker Laramie. Diseño de Producción: Alexandra Schaller. Origen: Estados Unidos. Duración: 102 minutos.





