El cine, o más bien la cultura del Siglo XX y XXI, le deben mucho a Francis Ford Coppola. Estadounidense de familia italiana, se encuentra en el Olimpo del llamado Séptimo Arte desde que en 1972 estrenó la primera entrega de El Padrino, considerada como la mejor película de todos los tiempos.
Ganador de cinco Premios Oscar, estatuilla a la que aspiró en otras nueve ocasiones, Coppola no divide aguas: es cine en estado puro en sí mismo, junto a un selecto grupo de directores de segunda generación como Martin Scorsese (otro estadounidense-italiano), Woody Allen, Ridley Scott, James Cameron y Steven Spielberg, quienes reúnen visión de autor y entretenimiento por igual.

Todos ellos recurriendo a próceres de Hollywood como Charles Chaplin, John Ford, Alfred Hitchok y Orson Wells (Europa y el Gran Cine Argentino forman parte de otra tradición, igual o más válida que la del blockbuster).
Sin embargo, entre joyas imperdibles como la trilogía de El Padrino, el filme casi de suspense La conversación”(1974), el drama de clases bajas La ley de la calle (con un fabuloso Micky Rourke) o la majestuosa Apocalypse Now, se cuelan bodrios supinos (sí, bodrios supinos en la filmografía de un Dios del cine) como Twixt (2011), Jack (1996) o Supernova (2000), a la que incluso le quitó su nombre de los créditos.

Coppola comenzó su cine en los 60 con algunas películas de bajo presupuesto que mezclaban la comedia con el ridículo picaresco. Con Dos almas en pugna (1969) ya se le veía la veta de gran director, pero faltaba el desquicio que todo genio debe tener.
Son conocidas las anécdotas sobre cómo terminó filmando el libro de Mario Puzo y cómo apostó por Al Pacino en contra de los productores. También se pueden leer, ver y escuchar todos los delirios que persiguieron a Apocalypse Now -imprescindible el documental Corazones en tinieblas de Eleanor Coppola-, el revoleo de las estatuillas del Oscar por la ventana cuando esa producción corría peligro o los desenfreno en el rodaje en la selva de Filipinas. Casi casi como los de Werner Herzog y Klaus Kinski durante Fitzcarraldo.

Con Megalópolis, este estreno tan anunciado y esperado más por su director que por el público, pareciera sumar un nuevo título a sus yerros. Exceso de CGI, un guion absurdo y actuaciones dan pena en una filmografía tan aclamada para alguien que tanto le enseñó a, al menos, tres generaciones de cineastas.
Quizá el abuso de los efectos especiales lo invadió o la pereza de salir a filmar en serio a sus 85 años. Cuando Marvel y Disney nos invaden con batallas mal filmadas delante de un telón verde pese a tener 350 millones de dólares de presupuesto, es cuando más necesitamos helicópteros de verdad explotando de verdad en una selva de verdad acompañada por “The End”, de The Doors, como lo hizo el propio Coppola en su Apocalypse Now, en lo que puede ser considerado el mejor inicio de una película en la historia.

Y justamente cuando se piense que Megalopolis es una película innecesaria, que no debería haberse filmado y que es un insulto a uno de los padres de cine moderno, es en ese momento el que tenemos que recordar todo lo que hizo por el séptimo arte y que si no fuera por él seguramente otras películas, otros directores, otros actores y sitios como éste no existirían.





