El regreso de Alejandro Agresti al cine después de ocho años con Lo que quisimos ser permite reencontrar al artista en busca de una nueva desobediencia estética que, en este caso, hace apología de la invención.
El cuento propuesto y magníficamente asumido por la improbable pareja de personas en torno al medio siglo de vida y conformada por Eleonora Wexler (Irene Singer) y Luis Rubio (Yuri/Buzz), parte de una afinidad casual por ser únicos espectadores de una película (Ayuno de amor, de Howard Hawks) en blanco y negro y como parte de un ciclo de clásicos de Hollywood en un cine del centro de Buenos Aires.
La previsible relación entre los protagonistas de aquella velada cinéfila y sus programadas citas en el elegante y caro Bar Richmond, regalan la primera sorpresa por la propuesta de ella: ser “dos completos extraños que podríamos ser lo que siempre quisimos sin que nadie nos lo porfíe”.
Deciden presentarse, entonces, como la escritora y el astronauta para compartirse aventuras entre tiernas y desopilantes con las que mantener encendida una singular pasión mientras la cámara del realizador recoge cada gesto, todas las miradas, una celebración donde el autor y sus criaturas juegan en plenitud el mismo goce por la palabra, por la interpretación.
Ella, quien inventó el lance, lo explicó con inquietante claridad: “Todos somos un poco actores. Necesitamos complacer a nuestro público, familias, amigos. Elegimos ser lo que nos piden por miedo a quedarnos solos”. Y, desde entonces, supieron brindar “por nuestro espacio exterior”, por esa suma de “noticias de mundos inventados”.
La tensión amorosa, el placer de compartir un secreto de a dos y también la incertidumbre acerca de si “¿no será tarde para ser nosotros mismos?” es el espíritu que prima en un relato donde hay juego, inteligencia y humor y que luego adosará un asunto dramático y hasta el telón sociopolítico de fondo con su referencia al 2001 como crisis.
Agresti construye así una película pequeña y de actores que se pone una meta ambiciosa: Defender la palabra y la ilusión para llevar hasta un extremo cuidado y elegante a la que quizás sea la clave esencial de toda historia de amor que merezca esa denominación y que es crear un mundo propio, único y desmesurado donde todo sea posible.
Casi un canto al arte artesanal y a las ideas que lo sustentan en tiempos de inteligencia artificiosa y efectos especiales como otra manera de trazar los contornos de un invento que nos habilite a decidir cómo queremos vivir.





