Después de La libertad, Lisandro Alonso confirma un talento al que aparentemente no se le adivina el techo. Los muertos es la mejor película nacional en mucho, mucho tiempo.

El abogado del diablo
Por un lado tenemos a un cineasta de apenas veintinueve años, que con el estreno de Los muertos suma solo dos películas, un director que con La libertad, su ópera prima, armo un revuelo apoyado por buena parte de la crítica, un alboroto que no se correspondió con la asistencia de público -3000 entradas vendidas-.
Entonces la pregunta que se impone es porqué Lisandro Alonso es un realizador absolutamente diferente a sus pares argentinos (y de buena parte del resto del mundo), y porqué su película Los muertos es el estreno nacional del año, aunque la exhibición restringida en la sala Leopoldo Lugones, en el mejor de los casos, tendrá un techo de 2400 personas cuando baje de cartel.
Porqué
En el comienzo hay un plano secuencia de poco más de tres minutos: la cámara flota sobre la vegetación tupida de una selva, recorre las formas, no se detiene, sube por troncos que se adivinan apenas, enfoca el cielo, sobrevuela el cuerpo de un ser humano muerto, vuelve al follaje, hay una profundidad de campo apenas insinuada, donde se ve un hombre con un machete, otro cuerpo muerto y ahí sí, el brazo que sostiene el machete que se aleja. Esta descripción escrita, en el cine de Alonso es absolutamente sensorial (sin duda gracias también a la fotografía de Cobi Migliora), los tres minutos de arranque son, si es posible, la cruza del impresionismo de Camille Pissarro con la brutalidad de un cuadro descarnado de Goya, más la poética de Horacio Quiroga. Los planos largos, la marca de fábrica del director, trabajan el relato haciendo del tiempo un elemento pesado, que solo ocurre en su película y que da la sensación de que no tiene lugar -ni espacio-en otro lugar que en los setenta y ocho minutos del film.
Si La libertad ubicaba a Lisandro Alonso como un director sin respuestas, pero que sabía hacer las preguntas necesarias, en Los muertos esta característica se potencia y siguen siendo más los Por qué que los porque de respuesta, que son mínimos y apenas dan alguna pista del relato deshilachado de la estructura.
La segunda película de Alonso plantea un relato en donde un hombre (Argentino) sale de la cárcel luego de treinta años de condena -se supone que por matar a esos dos cuerpos del principio- e inicia un recorrido por tierra y por el río para encontrarse con su hija. La novedad de la obra (y no se me escapa que estoy hablando de una obra con un corpus de solo dos películas) es que Alonso muestra una madurez que sin enfatizar nada, construye una película absolutamente política. La belleza de las imágenes, los escasísimos diálogos, la violencia que atraviesa el film (con un aporte fundamental del sonido de Catriel Vildosola) dan cuenta de una realidad tan, pero tan marginal, tan devastadora en su miseria, que es como si Los muertos hiciera centro en este micromundo, para instalar al resto del mundo como un gigantesco fuera de campo.
Largo y feliz camino a…
Lisandro Alonso proyecta otros desafíos (un corto en donde Misael, el hachero de La libertad, se encontraría en Buenos Aires con Argentino, el bracero de Los muertos; un largo en donde el protagonista es un alcohólico que se acuesta con su madre). Dentro del panorama muchas veces desalentador de la cartelera local, las próximas incursiones de Alonso despiertan el entusiasmo más franco, aún para los cinéfilos más encallecidos.

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