No estamos en este mundo, pero sí, estamos en este mundo. Expliquémonos un poco mejor: Estamos en una suerte de castillo. La ambientación remite a algún lugar de la Europa del siglo XVIII, pero por ahí se ven tres lunas que nos indican que el universo no es exactamente este sino una versión paralela del mismo. Algo que queda claro desde el prólogo, que nos indica que fue un Dios niño llamado Kiddo el que lo creó y lo dejó al libre albedrío de sus habitantes. Pero como siempre viene alguien a aguar la fiesta, se metió  su padre, llamado Birdman, a introducir estrictas normas, entre otras cosas en lo que refiere a la relación entre los géneros. Digamos que Kiddo creó al mundo y Birdman al patriarcado. 

En este castillo del que hablábamos vive Cherry (Maika Monroe), que está casada con Jerome (Amir El-Masry), dueño de casa, amo y señor del lugar. El matrimonio todavía no ha producido un heredero, por lo cual la pareja es convocada e intimada por ciertas autoridades familiares para poner solución a este tema. Como corresponde a una sociedad patriarcal, la culpa es de la mujer y se le da a Cherry un plazo de 100 días para quedar embarazada o enfrentar la muerte (además son bastante drásticos). El problema es que no hay perspectiva de solución ya que el encuentro carnal del matrimonio, su consumación se diría, nunca se produjo ya que Jerome evita cada noche el encuentro. Algo que sigue haciendo incluso después de la reunión de advertencia y la amenaza sobre la vida de su mujer

Al mismo tiempo llega de visita a la mansión un viejo amigo de Jerome: Manfred (Nicholas Galitzine, a quien vimos recientemente como He-Man en Amos del Universo). Una noche entre copas, bromas y anécdotas, los amigotes arman una apuesta: Jerome se irá de viaje por cien días y Manfred en ese plazo deberá tratar de seducir a Cherry. Si Manfred gana y Cherry cae, se queda con el castillo y todo lo que hay en él. Si pierde, debe producir un hijo y presentarlo como el heredero de Jerome. 

Cherry, por supuesto, no tiene ninguna decisión en esto ya que en esta sociedad los hombres se disputan y reparten las mujeres como propiedades, absolutamente objetivadas. De nuevo, no estamos en este mundo, pero estamos. Por suerte para ella, está su doncella y amiga Hero (Emma Corrin), que va detectando las poco sutiles aproximaciones de un Manfred muy seguro de sí mismo. Hero es una lectora clandestina, ya que leer y escribir son actividades prohibidas y severamente castigadas para las mujeres. A la vez es una gran narradora. Cada vez que se producen los intentos de seducción de Manfred sobre una muy incómoda Cherry, Hero va produciendo una historia cuyo final va siempre dilatando para dificultar y retrasar los avances del galán/acosador. 

Las 100 noches del deseo está basada en la novela gráfica de la dibujante y guionista británica Isabel Greenberg de 2016. Se trata de una fabula feminista, queer, pro-sororidad y anti- patriarcal. Todo aquello que suele caer dentro de la bolsa del “wokismo” y que exaspera tanto a los voceros y trolls de la nueva derecha. Hay en la película de la realizadora canadiense Julia Jackman una toma de posición clarísima y una voluntad de ubicarse en la vereda de enfrente de los discursos de la reacción conservadora, de hacer ese lugar evidente y manifiesto.

El tono es el de una fábula o cuento de hadas, un relato de forma infantil para una historia que de infantil no tiene nada. El film juega con esos contrastes. Como el de contar este cuento con una puesta en escena suntuosa, preciosista, y bastante afectada, que hunde los pies en el qualité y donde la dirección de arte es protagonista. Una puesta recargada para engordar una trama relativamente simple, con un mensaje transparente y declamado. 

Una trama simple que sin embargo pertenece a una película que en definitiva trata sobre las narraciones. La referencia clara (tanto de la película como de la novela gráfica) es Las mil y una noches, con Hero como heredera de Sherezade. Se trata el poder de las historias, no solo en la posibilidad de aplazar una situación y diferir un peligro,  sino también del poder de la narración (lo que los anglos llaman “storytelling”) como resistencia, como una manera de construir comunidad y de preservar la memoria.

Es por eso que se incluyen ciertos juegos narrativos como el mito de creación del prólogo para establecer un contexto (el origen del Patriarcado encarnado en el personaje de Birdman) y dar cuenta de que se trata de un universo que supuestamente no es este pero que funciona exactamente como este. Una distancia y una aproximación, algo del orden de la alegoría. Y por otro lado tenemos tres planos de narración, un juego de relatos dentro de relatos: la historia principal, el relato que Hero cuenta y, a la vez, la misma historia principal está enmarcada en una narración que es la que cuenta la voz en off Felicity Jones (que también es productora y se guarda un papel para el final). 

La 100 noches del deseo es un film con una agenda y un mensaje muy claros. Hay sin embargo una cierta liviandad, un uso del humor en la primera parte del film que es sutil pero efectivo y saludable ya que ayuda a atemperar cierto acartonamiento. Ya acercándose al final se imponen la épica y la vocación de manifiesto, el humor queda atrás y ganan la grandilocuencia y la solemnidad. 

LAS 100 NOCHES DEL DESEO
100 Nights of Hero. Dirección: Julia Jackman. Intérpretes: Maika Monroe, Emma Corrin, Nicholas Galitzine, Amir El-Masry, Charli XCX, Richard E. Grant, Felicity Jones. Guión: Julia Jackman, basado en la novel gráfica de Isabel Greenberg. Fotografía: Xenia Patricia. Música: Oliver Coates. Edición: Oona Flaherty, Amélie Labrèche. Diseño de Producción: Sofia Sacomani. Origen: Reino Unido. Duración: 90 minutos. 

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