Si pensáramos el panteón de los asesinos seriales argentinos con una trinidad en la punta, uno de esos lugares seguramente le pertenece a Yiya Murano (con los otros dos lugares ocupados por el Petiso Orejudo y Robledo Puch). Un top 3 ganado a pura presencia mediática y cultural. En ese terceto peculiar, a Yiya le cabe el rol de la celebridad mediática, la estrella pop, por lo que el abordaje de su figura tiene que, necesariamente, tomar ese aspecto como uno de los ejes básicos. 

Con el auge de los True Crimes, las películas o series documentales acerca de crímenes reales que se afianzaron en la cultura popular sobre todo a través de las plataformas, la tendencia no tardó en llegar a la Argentina y uno de sus más evidentes especialistas es Alejandro Hartmann. El realizador tuvo ya a su cargo, la película El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas (2022) y las miniseries Carmel: ¿Quién mató a María Marta? (2020) y Nahir, el secreto de un crimen (2024), además de una incursión internacional con el film Los Hermanos Menéndez (2024).

Por eso, a la hora de abordar un icono de la historia criminal argentina como Yiya Murano,  su nombre hasta parece cantado. Hartmann encara ese abordaje tomando varías aristas del personaje. La primera, y la que da pie al resto, es, obviamente, la del caso policial en sí. El film arranca en 1979 con la muerte de la tercera y última de las tres mujeres asesinadas, cuya investigación fue la que causó la detención de Yiya y el descubrimiento de las otras dos mujeres, cuyas muertes fueron tomadas inicialmente como producidas por causas naturales.

Pero el aspecto que distingue claramente a Yiya es el mediático. Rápidamente el caso de “La envenenadora de Montserrat” se transformó en material para los diarios, revistas y noticieros de la época quienes se deleitaron con su perfil de señora paqueta y arribista y con su personalidad desafiante y seductora. Esto antes, durante y, sobre todo, después de su detención, cuando luego de su liberación se transformó en figura invitada de varios ciclos televisivos que cubrieron, revolvieron y hasta frivolizaron un caso que nunca perdió el interés del público. 

La puesta de Hartmann en esta parte es la de un pastiche pop que responde al perfil de lo que para entonces se había convertido el personaje. Lo hace a partir de un exhaustivo trabajo de archivo sobre las performances que la ex detenida hacía por los canales, negando su culpabilidad pero disfrutando su celebridad, algo de lo que dan cuenta algunos de sus también célebres entrevistados como Chiche Gelblung y Lia Salgado. Así es como  se va dando cuenta de la construcción del mito, la figura entre siniestra y ridícula que termina convirtiéndose en material de chistes y memes. 

Uno de los aspectos más interesantes de la narración es el de ofrecer un retrato de época. El momento de los crímenes, en plena dictadura, se da con el auge de la “Plata dulce”, cuando la especulación financiera era un recurso cotidiano incentivado desde el estado. “La Yiya”, también por su propia mentalidad aspiracional, se engancha y arrastra a sus tres amigas en inversiones que, al dejarla en deuda con ellas, las transforma en futuras víctimas. El film realiza el mismo procedimiento con los años 90, momento en que hasta la política se faranduliza y una asesina puede transformarse en un personaje risueño que se permite bromear con Mirtha Legrand regalándole un paquete masitas. 

Una de las cuestiones que el documental introduce, bastante infrecuente cuando se trata de crímenes que trascienden lo policial para ser incorporados a la cultura popular, es el lugar de las víctimas, generalmente opacadas por el lugar estelar y carismático de los asesinos. Por eso se le dedica un tramo a saber quiénes fueron estas tres mujeres cuyas vidas fueron arrebatadas por razones mezquinas y hasta banales. 

El guión de Tomás Sposato y Lucas Bucci incorpora todas estas dimensiones y también agrega la psicológica y familiar, con la idea de comprender algo de la personalidad exuberante y bastante egocéntrica de Yiya, su relación estancada con su marido y el desamor que denuncia su hijo Martín Murano, quien se convierte a lo largo del relato en el otro gran protagonista de esta historia. Es justamente Martin el personaje que, muy a su pesar, es responsable de la vigencia de su madre a la que intentó finiquitar con un libro que la terminó inmortalizando. 

La puesta en escena de Hartmann incorpora varios registros y uno de ellos es el de las reconstrucciones ficcionadas. Un recurso a veces polémico, que suele ser usado muchas veces como mera ilustración pero que aquí adquiere un rol que ayuda a comprender tanto la época, gracias a una reconstrucción minuciosa, como la personalidad de la protagonista, algo en lo que contribuye mucho la histriónica interpretación de Gabriela Bocalandro. 

Yiya Murano: Muerte a la hora del té es un documental ágil y entretenido, que tiene todos los elementos como satisfacer a los fans del género True Crime, pero que también ofrece otros recursos, otras líneas para comprender los hechos, y un espíritu pop autoconsciente que también puede cuestionar los mecanismos de construcción y explotación del personaje. 

YIYA MURANO: MUERTE A LA HORA DEL TÉ
Dirección: Alejandro Hartmann. Intérpretes: Gabriela Bocalandro, Fernando Malfitano, Ricardo Larrama. Intervenciones de: Martín Murano, Horacio Romeo, José Massoni, Jorge Arona, Virginia Messi, Jorge Ávalos, Jorge Arévalo, Mariana Olivera Venturini. Guión: Lucas Bucci, Tomás Sposato. Fotografìa: Alejandra Martín. Música: Leo Sujatovich. Manuel Margulis Darriba. Dirección de arte: Catalina Oliva, Mariela Ripodas. Argentina. Duración: 103 minutos

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