Si uno atiende a la carrera previa de Silvio Soldini es muy probable que lo identifique con un universo muy específico. El realizador italiano tiene una larga carrera de más de 35 años y algunas de sus películas se estrenaron con cierto éxito en este país, como Pan y tulipanes (2000), Sonrisas y lágrimas (2007) o Cosa voglio di più (2010). Ahí puede observarse cuáles han sido sus temas recurrentes: las relaciones de clase y en particular las tribulaciones de la clase media italiana contemporánea, sus problemas familiares, amorosos, laborales y económicos y cómo estos se entrelazan y afectan sus vidas, sus ilusiones y sus frustraciones.

Las catadoras del Führer es algo totalmente distinto: Un film de época, ambientado a fines de la segunda guerra mundial, hablado en alemán, basado en hechos reales no hace tanto descubiertos y en una novela que los ficcionaliza. El hecho real es la existencia de un grupo de mujeres alemanas reclutadas a la fuerza y en secreto para probar la comida de Hitler y prevenir así un posible envenenamiento. Esto era desconocido públicamente hasta que, en 2012, Margot Wölk, una mujer de 95 años, reveló haber formado parte de este grupo de cobayos humanos. Al momento de la confesión era la única sobreviviente. Esta historia sirvió de base a la novela “La catadora” de la escritora italiana Rosella Postorino, que es la que sirve, a su vez, de base para el film de Soldini.

Rosa Sauer (Elisa Schlott) es una joven alemana que tiene a su marido en el frente ruso y llega desde Berlín a casa de sus suegros en un pueblo de Prusia Oriental, una zona situada en la costa del mar Báltico, hoy dividida entre Polonia y Rusia y que en aquel momento formaba parte del Reich. A poco de instalarse, y mientras espera noticias de su esposo, es convocada de manera forzosa a una instalación militar del lugar donde ella y otras mujeres se enteran que el mismísimo Adolf Hitler tiene allí su cuartel secreto y que deberán cumplir el rol de catadoras de su comida. Aceptar el trabajo no es optativo. 

El relato arranca en noviembre de 1943 y se extiende más de un año casi hasta el final de la guerra. En ese periodo las catadoras deben diariamente sentarse a la mesa y probar todos los platos que luego comerá el Führer y durante ese tiempo tendrán que forzosamente convivir durante varias horas al día. Pese a que no se conocían de antes, las mujeres terminan interactuando y formando una suerte de comunidad, acompañándose en ese trance y formando lazos de amistad y hasta de solidaridad entre la mayoría de ellas. En algunos casos esa amistad también puede ser la puerta a una complicidad más profunda. 

Son varios los momentos de violencia y humillación que estas mujeres reciben por parte de los oficiales que las custodian. Sin embargo, el lugar del verdadero poder permanece en las sombras, aunque siempre presente a través de un uso preciso del fuera de campo. Las protagonistas conviven en un lugar vecino inmediatamente a donde se toman las decisiones, un centro que irradia su densidad incluso hacia ellas, que están privadas de cualquier decisión o participación activa. 

Y sin embargo las mujeres no tienen acceso a los altos mandos, nunca ven a Hitler y solo saben de él por lo que relata el cocinero, testigo privilegiado y portador de noticias e intimidades. El espectador tampoco ve lo que sucede en la plana mayor ni tampoco lo que pasa en el frente. El centro y la periferia están velados, pero ambos se cuelan a través de noticias, cartas, rumores de pasillo, chismes del pueblo, recuerdos, ruidos de bombas y de trenes y hasta las pesadillas de quien estuvo en los campos de concentración del lado de los ejecutores. Todo esto les da una presencia y espesor que hace intuir y palpar su materialidad ausente. 

Hay un tono de gravedad y hasta de solemnidad en la mayor parte del film, que trata de retratar el clima de época, el tono crepuscular, la cuasi certeza de la inminente derrota, donde el triunfalismo de principios de la guerra ahora solo se sostiene en público. No hay casi humor, pero sí ciertos momentos de liviandad y luminosidad, que se dan mayormente en las salidas juntas de las mujeres fuera del “trabajo”. Esos momentos son los que hacen que el film respire.

Las catadoras del Führer es una  película basada en hechos reales pero no la transposición exacta de los hechos. Es una obra de ficción y responde a las reglas y conveniencias de la ficción, como cierto tono melodramático, ciertas licencias de verosimilitud y la necesidad a veces muy notoria de incluir demasiados temas y hechos históricos en el relato, desde el intento de asesinato de Hitler a los horrores del Holocausto.

Entre las licencias de la ficción se incluye una subtrama amorosa, entre Rosa y Albert Ziegler (Max Riemelt), un teniente de la SS a cargo de supervisarlas y vigilarlas. Un elemento que podría ser distractivo y hasta forzando en una historia de estas características, pero lo interesante es que esa relación se da con un personaje que no es ni agradable ni simpático, que se muestra severo y hasta cruel en su función y que solo se ablanda en sus encuentros nocturnos, al punto de hacer confesiones durísimas que lo muestran en cierta vulnerabilidad pero a la vez de una complicidad atroz. 

Esa relación se extiende secretamente en paralelo a la suerte de las mujeres y de la guerra, ambas fatalmente ligadas. De todos modos, esa historia clandestina está destinada a que la historia con mayúsculas le pase por encima, al igual que lo hizo con las vidas frágiles de todas esas mujeres. Hasta que una de ellas, 70 años después, se atreva a contar su pequeña gran historia.

LAS CATADORAS DEL FÜHRER
Le assaggiatrici. Dirección: Silvio Soldini. Intérpretes: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun, Emma Falck, Olga von Luckwald, Thea Rasche, Berit Vander, Kriemhild Hamann, Nicolò Pasetti. Guión: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Cristina Comencini, Giulia Calenda, Ilaria Macchia, Lucio Ricca. Sobre la novela de Rosella Postorino. Fotografía: Renato Berta. Música. Mauro Pagani. Edición: Carlotta Cristiani, Giorgio Garini. Origen: Italia, Bélgica, Suiza. 123 minutos.

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