Cuando en 1976 publicó «El beso de la mujer araña», su cuarta novela, Manuel Puig ya estaba exiliado en México. Fanatico del cine (su primera vocación), alcanzó a ver la adaptación que hizo el argentino radicado en Brasil Hector Babenco con Raul Julia y William Hurt en los papeles principales. Alcanzó a ver también la adaptación teatral de 1982 que él mismo escribió, pero no la del musical de Broadway que se estrenó en 1993 escrita por Terrence McNally cuyas canciones contaban con música de John Kander y letras de Fred Ebb. Este nuevo film dirigido por Bill Condon, que se estrenó en el Festival de Sundance y fue la película de apertura del festival de Mar del Plata, es una adaptación de esa obra musical. Es decir un Puig mediado por el tamiz del texto de McNally y las canciones de Kander y Ebb.
La línea argumental principal de la novela, que toma el musical y el film, transcurre en una cárcel argentina. Allí comparten celda Valentin Arregui (Diego Luna) y Luis Molina (Tonatiuh). Arregui es un preso político que guarda información vital de su organizaciín guerrillera y que las autoridades tratan de sacarle bajo tortura sin exito. Molina es un homosexual preso bajo un cargo de indecencia. Arregui es idealista, severo y siempre con una mirada mediada por su ideología. Molina es frívolo, soñador y sin compromiso político.
La relación es hostil al principio pero se va ablandando con el transcurso de los días. Como una forma de escapar al tedio de la prisión, Molina, fanatico del cine clásico de Hollywood, le va contando en partes el argumento de una película llamada El beso de la mujer araña, protagonizada por su diva favorita, Ingrid Luna (Jennifer Lopez). En esa película dentro de la película los papeles del trío protagónico son también interpretados por Diego Luna, Tonatiuh y Jennifer Lopez.
Bill Condon es un realizador todoterreno, versátil y cumplidor, que ya tiene experiencia con un musical exitoso y premiado como Chicago (2002), que se hizo con seis Oscar incluido el de Mejor Película, y es a la vez la adaptación de una obra de la dupla Kander y Ebb de 1975. Condon además mencionó explícitamente la influencia para este film de Cabaret, obra musical de 1966 escrita por (sí, otra vez) Kander y Ebb, y luego adaptada al cine magistralmente en 1972 por Bob Fosse. El realizador a su vez ya abordó también el trasfondo del Hollywood clásico con Dioses y monstruos (1998), seguramente uno de sus mejores films.
La puesta en escena de Condon está en función de plantear la relación entre realidad y fantasía, en subrayar la diferencia entre el mundo gris y opresivo de lo real frente el color y el artificio de las películas. Esta idea es la que motiva también las diferencias con el musical del 93, en tanto se sacaron la mayoría de las canciones que transcurren en la cárcel y se conservaron las que forman parte de la película narrada por Molina. En la misma dirección, apunta el cambio de formato de pantalla entre ambos universos: 1,85∶1 en el mundo real, que es el estándar del cine actual, y 1,33∶1 o 4:3 en la fantasía, que es el formato de los films de la época. Este contraste para dar cuenta del arte como escapismo pero también como tabla de salvación, como otro camino a la liberación.
Si el film de Babenco transcurría en Brasil, el de Condon vuelve a traer la acción a la Argentina. La ambientación local se deja ver sin vergüenza, o en todo caso no es un papelón, como ver montañas en Villa Gesell. Sin embargo hace ruido que la acción se ubique en 1983 cuando la dictadura ya estaba en retirada y se habían llamado las elecciones que ganaría Alfonsín en Octubre.
Lo que sí es interesante es cómo se escenifica la manera en que el Hollywood clásico miraba y representaba Latinoamérica, como esa indiferenciación que Molina menciona en la película de “una mezcla de Argentina y Brasil”, es decir: opresión política, ambiente tropical, rural o semirural, música y baile. Sin embargo, si bien la reconstrucción de la estética hollywoodense es convincente y reconocible, en su mayoría es solamente eso. En los números musicales, que es donde visualmente el film podría haber brillado, se queda corto con un despliegue bastante medido.
El interés del relato está puesto en la relación entre ambos personajes y su crecimiento. El más evidente el de Molina, que pasa de ser un personaje sumiso, que no duda en humillarse para escapar al dolor, a uno que adquiere fuerza, dignidad y capacidad de sacrificio, no importa si es por una causa o es por amor o por ambos. Pero también está el de Arregui, al principio intolerante, de una moral férrea y espartana, supuestamente avanzado en sus ideas pero muy prejuicioso y dispuesto a criticar y menospreciar lo que él considera desviaciones o debilidades, y que adquiere una mirada más comprensiva, un trato menos duro y más humano.
El trío protagónico es seguramente lo que sostiene el film. Luna es efectivo y creíble como el severo pero sensible militante y Jennifer Lopez es un poco la diva que también es en la vida real. Pero, de manera similar a lo que pasaba en la adaptación del 85, donde se lucía William Hurt en ese papel que le valió un Oscar, aquí es sobre todo Tonatiuh el que brilla.
La manera en que al actor pasa por los diferentes estadios de su personaje, su total entrega, son el alma del film, y son las que lo elevan por encima de una adaptación convencional.
EL BESO DE LA MUJER ARAÑA
The Kiss of the Spider Woman. Dirección: Bill Condon. Intérpretes: Diego Luna, Tonatiuh, Jennifer Lopez, Bruno Bichir, Josefina Scaglione, Aline Mayagoitia, Tony Dovolani, Lucila Gandolfo. Guión: Bill Condon, basado en la novela de Manuel Puig y el musical de Terrence McNally. Fotografía: Tobias A. Schliessler. Música: John Kander, Sam Davis. Edición: Brian A. Kates. Diseño de Producción: Scott Chambliss. Origen: Estados Unidos. Duración: 128 minutos





