La vida de Andrea Casamento (Natalia Oreiro) cambió drásticamente el día en que la policía irrumpió en su hogar para llevarse preso a su hijo de 18 años. Una situación de extrema violencia que hizo que ella, una viuda con tres hijos, empleada de una inmobiliaria, que entra en el impersonal mundo de la Justicia y por añadidura, en el violento sistema carcelario que además de ser un castigo para los internos resulta además punitivo para los familiares.
Andrea ingresa a ese universo sin tener idea de lo que son los tiempos judiciales y debe asimilar que se tiene que armar de paciencia para entender que esos procesos son gélidos, tienen sus propias lógicas y que aunque su hijo de 18 años para ella sigue siendo un nene, se trata apenas de un interno más dentro del sistema penal.
La vida de Andrea entra en una vorágine de conocimientos variados. Por un lado, es una mujer que se asoma al mundo de las madres y los familiares de los detenidos. Un espacio que mira con los prejuicios típicos de la clase media construidos desde la imagen de lo que son las cárceles, construidos por ficciones al estilo Tumberos, etcétera.
La fila de la entrada de las mujeres que visitan a los presos es un mundo aparte, que se hace de solidaridad, pero también de miedo y desconfianza. En paralelo, todo lo que conocía antes de que su hijo fuera detenido se vuelve hostil, los vecinos cuchichean, la familia toma distancia, las compañeras de trabajo también, las familias de los colegios de sus hijos más chicos no saben cómo tratarla y se crean situaciones que Andrea trata de entender, pero que a la vez la va alejando de aquel mundo.
La historia de la protagonista es real –de hecho el relato se desprende a partir de la creación de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos, ACiFaD- se trata de una madre que tiene que enfrentar el tema de que su hijo vive una situación que ella no podía imaginar. El punto de giro de la historia es apasionante, porque debe enfrentar que su nene era miembro de un grupo de delincuentes para los cuales era “El Chetito”. Todo este camino tortuoso que incluye una historia de amor y entender cómo se mueve la Justicia y que el hampa también tiene sus códigos, conforma un rompecabezas que se va armando ante la mirada del espectador.
Desde el primer minuto, la película de Benjamín Ávila es un registro realista que incomoda al espectador, pero a la vez lo magnetiza ante ese viaje que va desde la luz a la oscuridad pero que incluye también una mirada luminosa al final del camino.
En la segunda colaboración entre Ávila y Oreiro luego de Infancia clandestina (2012), la actriz muestra una vez más lo sólida que puede ser como intérprete y se pone al frente de un elenco conformado con buenos actores junto a familiares de detenidos reales de la mencionada ACiFaD, que es una red de ayuda y encuentro para los familiares de los presos y que tiene alcance continental.
Lo que también registra la película es que se trata de un mundo en donde en última instancia todos están prisioneros, incluso los miembros del sistema penitenciario, tan atrapados como los internos.
La mujer de la fila es rigurosa en el seguimiento de los pasos procesales y cuenta cómo fue la experiencia de los meses de prisión que soportó el hijo de Andrea, pero no se detiene solo en los padecimientos y también se extiende en el asomarse de la protagonista a otras realidades solidarias y valiosas.
Hay grandes actuaciones, pero también ha retazos de realidad porque muchos de los momentos dentro de la cárcel de alta seguridad de Ezeiza están recreados por presos y familiares reales.
La mujer de la fila es una película dura y a la vez esperanzadora, una ficción que construye un relato de la caída y la redención de una mujer que hace de su drama personal una experiencia de salvación colectiva.
LA MUJER DE LA FILA
Dirección: Benjamin Ávila. Elenco: Natalia Oreiro, Amparo Noguera, Alberto Ammann, Federico Heinrich, Marcela “Tigresa”Acuña y Lide Uranga. Guion: Benjamín Ávila y Marcelo Muller. Fotografía: Sergio Armstrong. Música: Daniel Godfrid y Sebastián Espósito. Edición: Andre Chignoli. Sonido: Federico Esquerro e Ignacio Seligra. Dirección de arte: Yamila Fontán. Origen: Argentina, España, 2025. Duración: 105 minutos.






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