El cine y las carreras llevan años de andar juntos y cada tanto aparecen películas que se apoyan en la gran afinidad del cine con los autos para revivir esa mística.

Desde el final de la pandemia, la industria del cine busca efectos que devuelvan al público a las salas. Quizás el mayor impulsor de esa idea es Tom Cruise, que se toma el trabajo de ir a salas comunes y corrientes y se muestra junto al público comiendo pochoclo -“ellos” le dicen “palomitas de maíz”, en fin- y disfrutando de las producciones propias y ajenas. La abanderada de este esfuerzo fue Top Gun: Maverick, que hizo que hasta el propio Steven Spielberg dijera que Tom había salvado al mismo cine mismo con la película.

¿Cómo se continúa semejante esfuerzo? En Apple deben haber pensado algo así como juntamos a expertos en cada área y los ponemos a que hagan su magia.

Así, llamaron al productor Jerry Brukheimer, que supo darnos tanques como La Roca, Piratas del Caribe y la mismísima Top Gun: Maverick, lo juntaron de nuevo con el director Joseph Kosinski y los pusieron a trabajar sobre una película sobre la F1 (puede que no sea exactamente como sucedieron las cosas, pero sigamos adelante).

Los dos responsables de la película que se supone que salvó al cine, necesitaban una estrella a la altura de Tom Cruise y si bien no hay tantas de ese nivel, ahí está Brad Pitt, que acababa de filmar para Apple una película con su amigo y socio George Clooney.

Pitt es la estrella que necesitaban, el tipo que para los clasicistas, puede representar lo que en otra época fue Steve McQuenn –por caso, recordar El gran escape y su legendaria huida en moto-, el actual rey de lo cool o de lo canchero, si no queremos usar tantas palabras en inglés.

Sonny Hayes (Pitt) es un piloto que supo ser una promesa en la F1 hasta que un accidente lo sacó de carrera y casi acaba con su vida. Hayes no pudo volver a correr profesionalmente y anda en una camioneta que le sirve de hogar, corriendo en categorías menores pero muy populares, con contratos cortos que le permiten vivir.

En uno de esos momentos en que termina un contrato y no sabe cuál será el próximo desafío, se encuentra, no casualmente, con un viejo amigo también retirado de las pistas pero que maneja una escudería a la que no le está yendo nada bien y está a punto de perder todo.

El amigo es Rubén Cervantes (Javier Barden), que lo busca porque su joven piloto está muy creído y necesita a un veterano que lo guíe. De paso, el regreso de Sonny a la categoría máxima del automovilismo es un golpe de efecto importante.

Damson Idris será el compañero de Pitt en esa relación tormentosa entre el veterano y el novato. Por supuesto, además del enfrentamiento, hay un romance, hay espionaje, hay reflexiones sobre la pasión y sobre la vida en general. Todo envuelto con moño y espectacularmente presentado.

He escuchado expertos en el tema que alegan que las cosas que se muestran de la categoría no son tan así, pero esa es gente que no sabe gozar de la vida, que le sacan la nariz al payaso o cuentan cómo se hace un truco de magia. No los quiero a mi lado de la butaca.

Los autos, las carreras y Brad Pitt son todo lo que importa en esta película, que no creo que venga a salvar al cine pero que durante sus 155 minutos revive el espíritu de las películas de antes, con una estrella de las que quena pocas. Al menos para nosotros, con eso nos alcanza

F1: LA PELÍCULA
F1: The Movie. Dirección: Joseph Kosinski. Guion: Ehren Kruger. Elenco: Brad Pitt, Damson Idris, Kerry Condon, Javier Bardem, Simone Ashley, Callie Cooke, Tobias Menzies, Shea Whigham, Kim Bodnia y Sarah Niles. Música: Hans Zimmer. Fotografía: Claudio Miranda. Montaje: John G. Mathers. Distribuidora: Warner Bros. Origen: Estados Unidos/2025. Duración: 155 minutos.

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