Que la pantalla grande somete al espectador no es ninguna novedad, pero la inflación de imágenes a la que estamos expuestos en todos los ámbitos de la vida nos hace olvidar de este detalle para nada menor. Por eso cuando aparece una película como El Brutalista y uno se asombra frente a imágenes que parecen vivas y nunca vistas antes -sobre todo como las que se ven en los primeros minutos del film-, el espectador no tiene más remedio que prepararse para lo que sigue.
Filmada en Vistavision, un formato olvidado que no se usa desde los años sesenta del siglo pasado, una vez pasada la sorpresa inicial la película de Corbet uno se ve sumergido en una película monumental que a la manera de las grandes novelas americanas o de las películas de David Lean o de George Stevens, nos cuentan una historia de apogeo y caída de una época.
Los primeros quince minutos son magistrales, la cámara acompaña al protagonista que viaja en barco hacia América, con su entrada custodiada por la Estatua de la Libertad, por caso, la misma que vio Vito Corleone en El padrino II. Pero László Tóth (Adrien Brody), un arquitecto húngaro formado en la escuela Bauhaus, la ve cabeza abajo. Si la película de Coppola contaba el sueño americano de los inmigrantes italianos que llegaban desde el viejo continente en busca de un sueño, El Brutalista es como la contracara de ese sueño.
László llega a los Estados Unidos huyendo del nazismo, es húngaro, es arquitecto y es judío. Dejó en Europa un prestigio profesional, a su esposa Erzsébet (Felicity Jones) y a una sobrina que quedaron atrapadas en aquel continente destruido, pero Laszlo cree que ambas murieron.
El primer capítulo de la historia es la que trata sobre los pasos iniciales del inmigrante, el reencuentro con Attila (Alessandro NIvola), un primo que lleva años instalado en el país, que se casó con una católica, que le puso a su negocio de muebles no muy finos Miller e Hijos porque “a la gente de aquí le gustan los negocios familiares” y borró todo vestigio de sus orígenes.
Lo cierto es que László no termina de asimilarse y la esposa de su primo hasta se anima a decirle que debería operarse la nariz, que según el estereotipo, lo hace inocultablemente judío.
En esos primeros momentos de la historia, Adrien Brody vuelve a mostrar su potencia para representar papeles dramáticos, oscuros y para nada fáciles.
László se las va a rebuscar como pueda hasta que un encargo laboral lo pone en contacto con el magnate de la alta sociedad Harrison Lee Van Buren (Guy Pierce) y aunque la relación entre el hombre poderoso y el arquitecto arranca con tropiezos, rápidamente Van Buren va reconocer su talento y lo contrata para una obra monumental con destino a perpetuar el apellido de la familia.
Van Buren no tiene estilo ni es demasiado culto, pero claro, compra lo que le falta de refinamiento. Es un coleccionista de cosas caras, ya sea autos, viñedos o un un arquitecto húngaro y por supuesto, del conflicto se desprende un tópico varias veces abordado por el cine sobre relación entre el arte y el dinero. De hecho la mismísima industria cinematográfica está construida sobre ese equilibrio de ser mitad arte y mitad entretenimiento para las masas.
En este punto vale aclarar que El Brutalista toma su nombre de un estilo arquitectónico, pero no es precisamente una película sobre arquitectura, aunque en el centro de lo que cuenta sí está la construcción que László va a hacer para Van Buren.
Después de una hora cuarenta de película llega el intervalo con un descanso de quince minutos tras los cuales aparece en escena Erzsébet, que llega desde Europa en condiciones físicas endebles por los sufrimientos que atravesó en los campos de concentración nazis. La esposa de László es una académica a la que Van Buren presenta en una editorial para que escriba notas sobre cuestiones frívolas, así que Erzsébet pasa a ser otra pieza de la inmensa colección de Van Buren, aunque no tan dócil como el resto.
El director Brady Corbet se toma casi cuatro horas para contar esta historia en la que tanto Brody como Pierce ofrecen las mejores actuaciones de sus carreras. Si en la segunda parte la película la trama parece divagar, también hay que señalar que llega al último tramo con vigor.
El relato regala momentos muy turbios y resoluciones sorprendente, para terminar de contar cómo el arquitecto se va tomar venganza de lo que le hizo el mundo incluyendo en la obra que le encarga el millonario la oscuridad de los campos de concentración nazis y de la brutalidad que sufrió como inmigrante en ese Estados Unidos, donde nunca terminó de sentirse aceptado por ese mundo WASP que mira a su judaísmo con desconfianza.
El Brutalista es por momentos agobiante, es oscura, es un espectáculo brillante y a la vez es una pesadilla que deja muchos interrogantes. Corbett, que ya en sus anteriores películas como director había mostrado cierta tendencia a la desmesura (Vox Lux: El precio de la fama, The Childhood of a Leader), en esta película ajusta su estilo y si bien está un poco pasado de rosca, encontró un punto razonable para transmitir algo que merecía ser contado.
EL BRUTALISTA
The Brutalist, Estados Unidos, Reino Unido, Hungría/2024.
Dirección: Brady Corbet. Elenco: Adrien Brody, Guy Pearce, Felicity Jones, Joe Alwyn, Raffey Cassidy, Stacy Martin, Isaach De Bankolé y Alessandro Nivola. Guion: Brady Corbet y Mona Fastvold. Música: Daniel Blumberg. Fotografía: Lol Crawley. Edición: Dávid Jancsó. Distribuidora: UIP (Universal / Focus). Duración: 215 minutos.





