"Cerrar los ojos", el último filme de Víctor Erice.

El 38° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata dejó atrás su primer fin de semana con una programación que da cuenta de un eclecticismo que el público está dispuesto a apoyar, tendiendo en cuenta que casi todas las funciones estuvieron llenas, con producciones del cine maistream hasta la cita inevitable para el público cinéfílo de Cerrar los ojos, del maestro Víctor Erice.

Dentro de la sección Autoras y Autores, se proyectó la esperadísima película del veterano director Víctor Erice, que desde hace 30 años no presenta un nuevo trabajo.

El destacado autor estrenó Cerrar los ojos en la última edición de Cannes, una proyección a la cual no asistió porque según dijo a través de una carta abierta «lo natural hubiera sido el diálogo y la consulta», refiriéndose a la inclusión del filme en Cannes Premiere, cuando el director quería que «se me diera la oportunidad de valorar y elegir entre las otras alternativas».

Más allá de la polémica con el festival francés, que sin duda le da a cualquier película una visibilidad única -aunque es cierto que las secciones también juegan un papel destacado dentro de esa notoriedad-, la posibilidad de ver el último opus de Erice en Mar del Plata adquirió un carácter de acontecimiento.

El realizador, con una larga carrera pero escasos títulos como El sol del membrillo (1992) El sur (1983) y El espíritu de la colmena (1973), ofrece un monumental filme de despedida, en donde se aplica aquello del «cine más grande que la vida».

Si de cine se trata y de las pasiones que desata, cerrar los ojos para recordar como una cinta infinita los cientos de películas que conforman la vida cinéfila de cualquier adulto, Erice lleva esa posibilidad a la pantalla, en donde la ambición del autor parece querer abarcarlo todo.

La historia escrita por el director junto al guionista Michel Gaztambide, está impulsada por Miguel Garay (Manolo Solo), un director de cine que es convocado por un programa televisivo llamado «Casos sin resolver», que está interesado en el destino de Julio Arenas, un célebre actor que desapareció y de quien no se tuvieron más noticias en medio del rodaje de una película de Garay -que nunca terminó- hace más de 20 años.

De lo que se trata es de la memoria, entonces en la búsqueda de ese actor y amigo perdido, Garay indagará en los recuerdos de la hija de Julio (Ana Torrent), el proyectorista Max (Mario Pardo), y Lola, una antigua amante (a cargo de la argentina Soledad Villamil).

En las causas posibles de la desaparición de Julio y en su investigación Garay se imagina qué pudo haber pasado, entonces se ve al ausente mirando al mar y decidiendo un destino, cualquiera que le haya pasado por la cabeza, entonces deja sus zapatos, alentando alguna interpretación de suicidio.

Inabarcable, con memorias a futuro que decantarán en los espectadores con el tiempo, Erice parece decir que todo puede ser contado, también los destinos imaginados por otros sobre su propia obra y en definitiva, sobre su vida, están ahí, cargados en su última película, como Garay, que funciona como su alter ego, alejado del cine, que de alguna manera cumple con una fantasía también hipotética, en la senda de «qué hubiera sido..:».

La multiplicidad de sentidos en esa búsqueda del actor que ya no quiso o no pudo, se van apilando referencias de la cinefilia, solo para mencionar un ejemplo, la hermosa versión que solo con una guitarra y a capela hace Garay de «Mi rifle, mi caballo y yo», el tema incluido en la mítica «Rio Bravo» de Howard Hawks -solo para recordar que el western es el único género auténtico del cine-, un momento tan bello como nostálgico.

Ese pulso también se aprecia cuando el director, a solas con Lola y reconstruyendo la relación que ambos tuvieron con Julio, le pide que cante «La canción y el poema», de la uruguaya Idea Vilariño, que comienza con la estrofa «Hoy que el tiempo ya pasó, hoy que ya pasó la vida…», versos cargados de sentido hacia el futuro, cuando ya no sea posible esperar la próxima película de Erice.

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