El estreno de El tren fluvial viene precedido de una historia previa, en parte promesa, en parte tragedia. La dupla creativa de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale se consagró con el cortometraje La pasión en el Bafici de 2024 cuando recibió allí el premio Premio Estímulo al Cine Argentino. Ferro y Vignale, renovaron su colaboración con El tren fluvial, su primer largometraje, y, a punto presentarlo, la fatalidad los golpeó en junio de este año cuando Lucas falleció en un accidente aéreo en Brasil a los 28 años.
El joven realizador no alcanzó a ver el estreno mundial de su film en la Berlinale. Lorenzo Ferro, su colaborador y amigo siguió adelante con él largo recorrido por festivales que incluyó el paso, entre otros, por Moscú, Cartagena, Los Ángeles, Taipei, Viena, San Sebastián y de vuelta al Bafici donde obtuvo, en la edición de este año, la Mención Especial del Jurado y el Premio FEISAL.
Ferro contó que la idea del film nació del encuentro fortuito con el que sería su protagonista: el niño Milo Barria. Aquí Milo encarna a un homónimo de 9 años que vive en el campo con su familia. El Milo de la ficción es un bailarín de malabo que exhibe sus talentos de danza típica en competencias del interior junto a un grupo de chicos de su edad, todos ataviados a la usanza gauchesca de rigor.
El que maneja la precoz carrera de Milo es su padre. Un instructor severo que lleva a cabo su tarea con un rigor castrense del que nunca se baja. Pero Milo también tiene otros sueños y uno de ellos es escaparse a la ciudad. Así es que, tras poner a toda su familia a dormir con un somnífero, se toma un tren y se va a conocer la Buenos Aires de sus sueños, aunque la ciudad que encuentre probablemente no sea la que estaba soñando.
Hay también en El tren fluvial otra historia previa que es una historia del cine a la que la dupla se remite, en particular al cine de Leonardo Favio, a quien se cita explícitamente cuando la familia está viendo Soñar, soñar (1976) en la tele. La escena no es azarosa. El personaje de Monzón en aquel film es como una versión adulta (hasta por ahí) de Milo, con sueños parecidos, la misma inocencia y la misma inconsciencia, que en parte son la misma cosa.
Inspirado por la visión de la película, Milo parte a la aventura. Una aventura que no está exenta de peligros, frustraciones, deseo, rabia y misterio. El sueño de Milo, como el de Monzón en el film de Favio, es el de ir a la ciudad, y quizás también de ser artista. Pero de otro modo, escapando por un rato del mandato paterno, que tiene que ver con arte, sí, pero desde una disciplina estricta y agobiante.
Ferro y Vignale muestran el campo como un espacio abierto y diurno en contraposición con una ciudad mayormente nocturna, llena de gente, luces y estridencia. La oposición entre campo y ciudad es entonces entre día y noche, entre disciplina y libertad. Libertad que es también riesgo. Por eso hay además algo de viaje iniciático, de pérdida de la inocencia, porque Milo ya no será el mismo después del encuentro con la urbe y sus habitantes..
Otra gran influencia que Ferro reconoce es la de Kiarostami en particular en el film Donde está la casa de mi amigo (1987), no solo por el protagonista niño sino también por la dimensión del viaje y el encuentro con lo desconocido. Más acá hay algo también del cine de Luis Ortega. Hay que recordar que Ferro debutó en el cine como el protagonista de El ángel (2018), pero en este caso la referencia es más a los primeros films de aquel. Eso se observa sobre todo en su fascinación por ciertos personajes un poco extravagantes que viven en los márgenes y a los que se retrata con curiosidad y cariño.
Los personajes están interpretados mayormente por no actores, elegidos más por su apariencia o por aquello que proyectan. Entre ellos está el escritor Fabián Casas que deambula con el vestuario de algún arte marcial sin que se explique nunca porque lo lleva y sin que tampoco haga falta explicarlo. Este anda en compañía de Cristal, uno de los jóvenes con discapacidad que co-protagonizaron, junto a Ferro, Simon de la Montaña (2024). Milo se encuentra con todos estos personajes, pero está de algún modo siempre solo. Emprende un viaje por su cuenta y el precio de su libertad es también la soledad.
Ferro y Vignale se remiten a un cine del pasado y en el mismo movimiento le dan a su historia un carácter atemporal, como si aquello que parece a primera vista de ubicación contemporánea ocurriera en algún tiempo o época imprecisa. Los realizadores se remiten a aquel cine en la elección del formato 4.3 bastante más cuadrado que el habitual en el cine de hoy. Lo mismo sucede con las texturas y colores que hacen pensar en esas películas argentinas de los 70 y con la selección de canciones de intérpretes de la canción latinoamericana de aquella década.
“No piense, diga” le repite el padre a Milo con una insistencia marcial, un mandato que la dupla Ferro y Vignale parece a su vez aplicar (de un modo menos severo) en su manera de contar. Hay una premisa argumental que es bastante imprecisa, más o menos como el plan de Milo. Se trata de un relato episódico donde más que una trama hay un fluir, un deambular del protagonista que se deja llevar por situaciones, por lugares y personajes. La música climática de Oniria contribuye a esa errancia, a esa sensación de extravío.
Hay en la dupla de Ferro y Vignale una forma de mirar, algo así como un universo propio. Una apuesta a la poesía, a lo sensorial y un interés por el sentir de las clases populares, por su cultura y sus sueños (algo que también toman de Favio), un gusto por el absurdo, los personajes extraños y las escenas surrealistas. El tren fluvial es un objeto raro en el cine argentino, uno que transmite ternura, fragilidad y sobre todo aquello que su protagonista viene buscando, es decir: libertad.
EL TREN FLUVIAL
Dirección: Lorenzo Ferro y Lucas Vignale. Intérpretes: Milo Barría, junto a Rita Pauls, Mariano Barría, Fabián Casas y Lucrecia Pazos. Guión: Lorenzo Ferro y Lucas Vignale. Fotografía: Thomas Grinberg. Música: Oniria. Edición: Andrés Medina, Lucas Vignale. Director de Arte: Olivia Schachtel. Sonido: Martín García Blaya. Origen: Argentina. Duración: 75 minutos.





