Hubo algún momento en la historia de la familia, posiblemente hasta principios y quizás mediados del siglo XX, que era de lo más corriente tener un pariente del clero, un primo cura, una tía que había tomado los hábitos. Con la rápida secularización que siguió, esa circunstancia se convirtió en una anomalía. Hay quien dice que en los últimos tiempos se han multiplicado los casos, pero no deja de ser una rareza y un hijo que anuncia su vocación religiosa, incluso en un hogar donde se profesa la fe, puede desatar una tormenta emocional. Esta es la base inspira la trama de Los domingos, último largometraje de la realizadora vasca Alauda Ruiz de Azua, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y de cinco premios Goya incluida Mejor Película y Dirección. 

Quien da aquel paso crucial aquí es Ainara (Blanca Soroa), una adolescente a quien al principio del film se la muestra bastante corriente, haciendo las cosas esperables de cualquier joven de su edad: juntarse con amigos a escuchar música, hacer bromas, beber alcohol a escondidas, contar intimidades en forma de juego o intercambiar miradas con un chico. 

Al mismo tiempo Ainara va a un colegio catolico y participa con entusiasmo y genuino interés de las actividades extracurriculares, que pueden incluir desde cantar en un coro a las visitas al convento para profundizar en la palabra divina. Por su propia iniciativa Ainara empieza a realizar cada vez más frecuentes visitas y allí descubre lo que podría ser una vocación, la de convertirse en monja de clausura.  

Esto que podría interpretarse como un llamado al que Ainara responde, no sin dudas pero con el corazón abierto, la pone ante la posibilidad cierta de reformular toda su existencia, de abandonar sus planes de estudios universitarios y su futuro más o menos avizorado para entregarse a una vida marcada por la renuncia al mundo, el encierro y la dedicación completa a Dios. 

Y lo que provoca además es toda una revolución entre aquellos que la rodean, una bomba que cae en su familia, conformada por su padre viudo, Iñaki (Miguel Garcés), sus dos hermanas menores y su abuela quienes viven con ella. Y en particular con su tía Maite (Patricia López Arnaiz), la hermana de Iñaki, que no vive con Ainara sino con su marido, Pablo (el argentino Juan Minujin), y su pequeño hijo, pero que, cuando murió la madre de la joven, tomó un poco ese rol y está muy apegada a ella. 

Ruiz de Azua plantea la situación y luego describe con precisión sus consecuencias. Ante este anuncio inesperado y desconcertante para todos, cada uno reacciona de diferentes maneras. La discusión más grande es la que se da entre un padre al que la situación lo supera pero que, aquejado por problemas económicos, lo libra de una boca para alimentar, y una tía que se opone de manera abierta e intenta por todos los medios, impedir que su sobrina siga el camino que ella cree va a arruinarle la vida. Maite es una profesional independiente, intelectual, atea, librepensadora (o eso piensa ella), y vive la decisión de su sobrina como una tragedia y hasta como una traición

Los efectos que la decisión apenas planteada provoca en los miembros de la familia son tales que, por momentos, la propia Ainara pasa a segundo plano y lo que toma protagonismo son las esquirlas que salpican a los otros personajes, los rencores y cuestiones no dichas que resurgen en la relación entre Iñaki y Maite y también la crisis que se agudiza en la pareja de Maite y Pablo. Ambas cuestiones que ya estaban presentes pero en los que la nueva situación actúa como combustible. 

Ainara, mientras, en medio de ese caos que involuntariamente generó, trata de comprender qué es lo que le está pasando, de qué se trata eso que interpreta como un llamado divino, pero a su vez tiene sus desvíos, como cuando tiene un acercamiento amoroso con un compañero del coro. Algo que Maite aprovecha y quiere incentivar. 

Todos cometen faltas y actúan de maneras egoístas, pero la realizadora decide no juzgarlos. No hay villanos aquí. Solo gente que ante un hecho inefable como en el caso de Ainara, o un acontecimiento inesperado como en el caso de su familia, se encuentran sin demasiadas herramientas y actúan como les sale, equivocándose en el camino y caminando a tientas. Ainara es la única que actúa de una manera honesta, no porque tenga las cosas claras o no cometa errores, sino porque es la única que lo hace sin cálculo.

La realizadora vasca opta aquí por una puesta acética, sobria, al servicio de la historia. Lo que importa es lo que pasa a los personajes y los que brillan son los miembros del elenco, en particular la debutante Blanca Soroa, que encarna a Ainara  con vulnerabilidad, misterio y absoluta entrega. 

Uno de los planteos interesantes y a la vez controvertidos del film es el de probar y dar cuenta de los límites de la tolerancia, de la posibilidad de empatía y de escucha, sobre todo de quienes se consideran progresistas y presumen de su apertura mental. Se trata de un ejercicio que puede resultar incómodo, sobre todo para quienes pueden sentirse interpelados, pero que también por eso mismo es tan valioso como desafiante. 

LOS DOMINGOS
Dirección: Alauda Ruiz de Azúa. Intérpretes: Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Miguel Garcés, Juan Minujín, Mabel Rivera, Nagore Aranburu. Guión: Alauda Ruiz de Azúa. Fotografìa: Bet Rourich. Música: David Cerrejón. Edición: Andrés Gil. Dirección de arte: Zaloa Ziluaga. Origen: España. Duración: 110 minutos

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