Dos jóvenes (interpretados por Sebastián Romero Monachesi y Cecilia Marani) ofrecen un servicio bastante singular, original se diría, sin que esto constituya un elogio. El servicio consiste en practicar un tratamiento en base a descargas eléctricas que provoca una disminución drástica y permanente de las capacidades mentales. Este tratamiento no es voluntario para los involucrados. Es contratado por algún pariente, empleador o socio por razones diversas y siempre oscuras. Y, por supuesto, es ilegal. 

En la organización del negocio, ambos jóvenes son los encargados de aplicar el tratamiento mientras que la madre de él (Liliana Weimer) es quien se encarga de contactar y negociar con los clientes. Pero no todo marcha sobre ruedas en esta siniestra PyME familiar. La joven no está conforme con el porcentaje que reciben y, a partir de una oferta que le llega por otra vía, se mete junto a su compañero a una serie de decisiones que van a meterlos a ambos en muchos problemas. 

Los bobos es el tercer largometraje de Basovih Marinaro y Sofía Jallinsky tras Palestra (2021) y Estertor (2022), y continúa con el carácter novedoso y revulsivo que la dupla viene ofreciendo como una suerte de OVNI cargado de incorrección. Y es que no hay un antecedente concreto en el cine argentino al que remitir su obra. Por el lado del humor el cine argentino suele fluctuar entre la comedia popular costumbrista y la comedia indie asordinada. Las películas de Marinaro-Jallinsky no se inscriben en estas tradiciones, van por su propia y desbocada vía libre. 

Si uno busca un referente de afuera podría remitirse a la obra de Todd Solonz. En esa mezcla de provocación y misantropía, en ese impulso por correr los límites de lo que puede decirse. Hay una voluntad en las películas de la dupla de explorar la oscuridad en los pliegues de la vida cotidiana. La clave, aquello que está siempre presente, es la incomodidad. El espectador se ríe, a veces preguntándose si está bien reírse (aunque igual se ríe), hasta que llega a un punto en que ya no se ríe más. Los realizadores convierten al espectador en cómplice y lo van llevando hasta un lugar en el que no tiene más remedio que darse cuenta de que ya está, que esto es en serio. 

El título mismo es ambiguo y con el transcurso del relato uno empieza a preguntarse quiénes son los bobos en realidad. Al principio se puede creer, y esto pasa también en Estertor, que los protagonistas son los villanos, pero luego se va revelando que, en realidad, miserables como son, son más bien perejiles. Algo de lo cual ni ellos mismos parecen al tanto. Pretenden disfrutar de una autonomía ilusoria, que, cuando se pasa de ciertos límites (que no son ni éticos ni morales) son inmediatamente puestos a raya por otros que detentan un poder más concreto y amenazante.

En Los bobos, Marinaro-Jallinsky vuelve a trabajar con su elenco estable, una suerte de comunidad de actores integrada, entre otros, por Sebastián Romero Monachesi, Cecilia Marani o Verónica Gerez. Es interesante reconocerlos en los tres films para apreciar cómo pueden hacer personajes muy disímiles y a la vez dar la impresión de que viven todos en un mismo universo, uno que al espectador le encanta espiar pero seguramente no querría habitar. Con personajes que no quisiera conocer aunque quizás, lo sepa o no, conozca a algunos bastante parecidos, capaces de decir y hacer las barbaridades más terribles con absoluta naturalidad y hasta indiferencia, sin conciencia del daño. 

A esta comunidad se suman ahora, Liliana Weimer y Florencia Bergallo en dos papeles fascinantes y temibles. Todos ellos van cargando las escenas, dándole espesor, construyendo un crescendo y potenciándose los unos a los otros, como si se tratara de una competencia a ver quién llega más lejos. 

El dispositivo que la pareja protagónica aplica tiene algo de electroshock y lobotomía. Remite un poco a esa tecnologías psiquiátricas positivistas del siglo XIX. Pero también remiten inevitablemente a las metodologías de la dictadura (por ahí los protagonistas juegan y se divierten entre sí con una especie de picana eléctrica) y eso vuelve todo aún más siniestro. Esto se hace más evidente en una escena, la más fuerte y por momentos más difícil de soportar, jugada en buena medida en plano secuencia y tiempo real para hacer la experiencia más inmersiva y áspera, y donde la cámara avanza y muestra lo que antes venía velando. 

Esta organización, este servicio, remite también al promocionado emprendedurismo que parece ser el ideal de negocios del capitalismo tardío. Por eso, sería un error ver Los bobos (y los anteriores trabajos de la dupla) como una serie de boutades y mojadas de oreja. Hay sin duda provocación, pero no es solo provocación. Hay un trabajo sobre el malestar. Un malestar que el film exhibe y uno que a la vez intencionalmente genera. 

En algún lugar entre el thriller y la comedia negrísima, la película de Marinaro-Jallinsky refleja como pocas el momento actual, el sálvese quien pueda, la absoluta amoralidad, la crueldad y el desprecio por el otro que se ha convertido en norma. Cuando dentro de unos años se haga una revisión acerca de cómo el cine argentino fue capaz de plasmar el momento presente, es probable que Los bobos, esté entre los primeros ejemplos. 

LOS BOBOS
Los bobos. Dirección: Basovih Marinaro y Sofía Jallinsky. Intérpretes: Sebastián Romero Monachesi, Cecilia Marani, Liliana Weimer, Verónica Gerez, Fiona Gollob, Florencia Bergallo. Guión: Basovih Marinaro. Fotografía: Nicolás Colledani. Música: José Manuel Serrano. Edición: Brenda Gitman, Basovih Marinaro, Sofía Jallinsky. Dirección Artística: Catalina Zuloaga, Luis Adrián Ayala Cobos. Producción: Basovih Marinaro,  Sofía Jallinsky. Origen: Argentina. Duración: 95 minutos.

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