En 2017 Carla Simón estrenó su primer largometraje, Verano 1993, una obra que tenía un gran componente autobiográfico para la realizadora, quien perdió a sus padres a causa del SIDA entre finales de los 80 y principios de los 90 cuando era apenas una niña. En aquel film, la pequeña Frida (alter ego infantil de la directora), cuya madre acababa de morir a causa de aquella misma enfermedad, era adoptada por su tío materno quien la llevaba a vivir con él junto a su esposa y su pequeña hija. Como es de prever, la adaptación no sería nada fácil para la niña ni tampoco para su nueva familia. 

En Romería Simón vuelve sobre esos pasos, esta vez haciendo centro en su padre biológico. Aquí el alter ego de la directora es Marina (Llucia García en su debut como actriz), una jovencita que está saliendo de la adolescencia y que, para tramitar una beca en la universidad para estudiar cine, necesita la firma de sus abuelos paternos en un documento que certifique la filiación. Marina, al igual que la protagonista del anterior film y que la propia Simon, perdió a sus padres a causa del SIDA y ni siquiera llegó a conocer a su padre, viviendo siempre con su familia materna sin tener ningún contacto con la otra parte hasta entonces. 

Marina viaja entonces desde Barcelona a Vigo, de una punta a la otra de España, de sur a norte, del Mediterráneo al Océano Atlántico, para conseguir la firma pero también para encontrarse cara a cara con toda una parte de su familia que desconocía, que incluye primos, tíos y abuelos, y también para recuperar la historia de su padre del cual solo tiene la información no muy confiable transmitida por sus padres adoptivos. Allí va reconstruyendo la dolorosa historia de la pareja que cayó, como muchos en su época, víctima de la heroína, una adicción que terminó con la prematura muerte de ambos a causa de una enfermedad entonces novedosa, estigmatizante y mortal. 

Romería es el tercer largometraje de Carla Simon y forma parte de una trilogía familiar que se completa con su segundo largo Alcarràs (2022), que también tomaba recuerdos infantiles de la directora. Pero la relación es más evidente entre este tercer film y el primero, abordando prácticamente la misma historia. Frida, la protagonista de Verano 1993, tiene la misma biografía que Marina pese al cambio de nombre y el hecho de que no haya una continuidad directa y no hayan sido el mismo personaje se debe -según la realizadora- más que nada a una cuestión de edad de las actrices. En cualquier caso, cada película de la trilogía representa a una de sus familias: la materna en Verano 1993, la adoptiva en Alcarràs y la paterna en Romería.

El encuentro entre Marina y su familia paterna no será nada sencillo y la relación intergeneracional se revela compleja. Pero lo más difícil es encontrarse con lo que estaba ahí silenciado, que Marina descubre preguntando a unos y a otros acerca de los últimos años de su padre, y es la decisión de “esconder” al hijo enfermo mientras éste estuvo convaleciente de una enfermedad que era también un estigma social. Esta relación con lo no dicho, que genera un conflicto entre ella y sus abuelos, tiene a la vez un alcance mayor, cuando descubre que la mentira y el ocultamiento también alcanzan a la familia materna y que muchas de las cosas que su madre adoptiva le contó no se corresponden con los hechos.

Simón plantea su película como el encuentro entre dos generaciones. Ya desde el comienzo del film se presenta una identificación de Marina con su madre a través de la lectura de los diarios de esta en paralelo con su propio diario audiovisual, con la imágenes que la Marina aspirante a estudiante de Cine va produciendo durante el viaje mientras escuchamos pasajes del diario de la madre en la voz de la hija. 

Esta identificación termina de tomar forma en el tercer acto del film, en el que se reconstruye la relación entre ambos progenitores con Marina en el lugar de su madre y uno de sus primos (interpretado por Mitch Robles) en el lugar de su padre. En ese momento se abandona el tono naturalista que se venía mostrando hasta ese momento para entrar en una zona onírica y fantástica que es la más interesante y novedosa.

Esta mirada emocional y empática por una generación en parte diezmada por la droga y la enfermedad es también un reivindicación de la juventud que creció en la transición y que en aquel momento se rebeló contra el conservadurismo de sus padres criados durante la dictadura franquista. Esa ensoñación tiene su clímax, su momento álgido, en una escena de baile en un boliche con música del clásico del punk español “Bailaré sobre tu tumba” del grupo Siniestro Total. Una escena que, pese a mostrar una suerte de celebración, es melancólica y oscura y funciona como un réquiem.

En la liturgia católica una Romería es una peregrinación, un viaje a un santuario de una virgen o un santo. Es también una celebración en Vigo en la época del año que ella llega y que coincide con el momento en que entra de lleno en ese último acto de reapropiación. De algún modo el viaje de Marina termina siendo una peregrinación al encuentro con esos santos paganos, esos ángeles caídos que fueron sus padres. La búsqueda de saber quiénes fueron es también la de saber quien es ella misma. El film, que cierra una trilogía muy personal para la directora, es tanto una recuperación de su historia familiar y personal como una forma de procesar el duelo. Es a la vez un diálogo intergeneracional, una elegía para sus padres y un viaje de autodescubrimiento.

ROMERÍA
Dirección: Carla Simón. Intérpretes: Llúcia Garcia, Mitch, Tristán Ulloa, Miryam Gallego, Janet Novas, Sara Casasnovas, Alberto Gracia, José Ángel Egido, Marina Troncoso. Guión: Carla Simón. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Ernest Pipó. Edición: Sergio Jiménez, Ana Pfaff. Dirección de arte: Mónica Bernuy. Origen: España. Duración: 115 minutos.

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