Si bien tiene unos títulos al principio, que son los que presentan a los protagonistas, el del nombre del film aparece recién a la media hora, que es cuando su sentido empieza a hacerse más evidente. Pero antes de todo hay una placa que lo explica y lo anticipa: “Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que un espada”. Este puente, según la religión islámica, es el que debe cruzar toda persona el día de la Resurrección para acceder al paraíso.
Sirat, el último film del nacido en París y afincado en Galicia Oliver Laxe, se estrenó en el Festival de Cannes donde ganó el Premio del Jurado y está ahora nominado como Mejor Película Extranjera representando a España en los premios Oscar. Y además nominado como Mejor Sonido, lo cual no es un asunto menor en la película.
Arranca en una rave, en pleno desierto de Marruecos. Se colocan unos parlantes desvencijados, la música electrónica empieza a sonar y el público presente bajo el sol intenso baila, se entrega. En la periferia de la fiesta, Luis (Sergi Lopez) está acompañado de su hijo y su perra. Reparten fotos y preguntan a los presentes. Luis está buscando a su hija adolescente que desapareció hace meses, la última vez que la vieron fue en una de estas fiestas en el desierto.
En esa pesquisa Luis se encuentra con un grupo de jóvenes y no tanto que van viajando en un par de camionetas por esas zonas asistiendo a fiestas electrónicas. Estos no vieron a la hija pero le dicen que hay otra Rave, más al sur, quizás ella esté allí. Cuando llega el ejército a interrumpir la fiesta ante la inminencia de un conflicto armado en la región, el grupo se sale de la ruta y escapa. Y Luis los sigue con su auto, rumbo al sur, a la última fiesta, a tierra incógnita.
En principio, a partir de la búsqueda que plantea, la del padre tratando de encontrar a su hija perdida, pareciera que la película va a ir para ese lado, un poco como si fuera una versión de Hardcore (1979) de Paul Schrader en el desierto, y eso sostiene el relato durante un buen tramo. Pero, con el correr del viaje, esa misión se va desdibujando y quedando más como una excusa. Los motivos van perdiendo importancia y haciéndose difusos. Lo que importa es seguir adelante, es el viaje mismo.
Lo que buscan los otros personajes es aún menos claro. Parecen dirigirse a un lugar del que oyeron hablar pero no saben si existe. O están escapando de algo. Son personajes que se ven curtidos, con cicatrices de la vida, algunos directamente tullidos. ¿Buscan sanación? ¿olvido? ¿un paraíso? ¿un refugio? ¿algún tipo de solidaridad entre pares? Algo de esto último parecen haberlo encontrado. Lo que hay es una pulsión, un ansia de movimiento que también podría ser pulsión de muerte. Lo que están buscando todos en cierto punto pasa por algo más interno, más elusivo, como un espejismo mental.
Algo de esa idea de abandono, de fuga, se insinúa también cuando uno de los personajes monta un pequeño espectáculo de títeres cantando la canción “El desertor” de Boris Vian.
Y es que en el país hay una guerra, quizás incluso algo más grande, quizás trascienda las fronteras. Hay una sensación de fin del mundo. Y ante esta sensación los personajes huyen hacia adelante y siguen pese al peligro, se escapan de lo que conocen como civilización, dejan atrás todo. El desierto entonces también como ese lugar fuera del mundo
Es fundamental la relación (y el contraste) entre el paisaje y la música, la idea del trance, de perderse en el entorno y también de abandonar el yo, de entregarse al éxtasis del cuerpo. La película entrega momentos visuales de gran belleza, pero nunca abandona la idea de que esa belleza no es inofensiva. La utilización del paisaje está influenciada por la forma en que solía incluirlo Herzog (algunas imágenes del desierto podrían recordar a las de Fata Morgana de 1971), como marco de belleza imponente pero también amenazante y hostil. Seguramente un personaje más, un antagonista que puede ser peligroso o simplemente indiferente.
Hay también otras referencias que pueden pasar por El salario del miedo (1953) o su remake Sorcerer (1977), sobre todo en la última parte. También con Apocalipsis Now (1979) o con Refugio para el amor (1990), con la que comparte escenarios similares. Road movies extraviadas, con destinos inciertos y momentos de pesadilla.
La travesía está plagada de dificultades y peligros y en algún momento golpea la tragedia y sobre todo en el último tramo el asunto se pone muy agobiante y sufrido. Esto despertó muchas críticas y acusaciones de sadismo y crueldad. Algo habitual contra films y realizadores que ponen a sus personajes en situaciones extremas. Pero si bien los sufrimientos a los que Laxe somete a sus personajes pueden parecer gratuitos o tener una lógica que los justifique, está claro que puede ser una experiencia exigente para el espectador, que tiene sus recompensas si sabe apreciarlas.
Sirat en arabe significa “camino” o «sendero”, y el del film es un camino tortuoso y lleno de trampas, un viaje al corazón de las tinieblas a pleno sol, una travesía alucinada a algún lugar desconocido. Laxe se hizo un nombre con films de corte experimental. Aquí ofrece una trama más convencional, pero solo al principio. Después se abandona a otros derroteros donde la narración cede paso a lo sensorial, al trance, a la imprevisibilidad. En cierto punto uno no sabe ya qué esperar y, así como los protagonistas ignoran lo que tienen por delante, tampoco los espectadores saben hacia dónde los están dirigiendo. Los protagonistas deciden, pese a todo, seguir adelante. El espectador debe decidir si quiere dejarse llevar en ese viaje sin garantías.
SIRAT, TRANCE EN EL DESIERTO
Sirât. Dirección: Oliver Laxe. Intérpretes: Sergi López, Jade Oukid, Bruno Núñez, Stefania Gadda, Joshua L. Henderson, Tonin Janvier y Richard Bellamy. Guión: Oliver Laxe, Santiago Fillol. Fotografía: Mauro Herce. Música: Kangding Ray. Edición: Cristóbal Fernández. Dirección de arte: Laia Ateca. Origen: España, Francia. Duración: 119 minutos.






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