Un prólogo nos pone rápidamente en contexto. Es una suerte de video institucional acerca del nuevo sistema, bautizado Mercy (Piedad), que implementó la ciudad de Los Angeles para combatir el delito. Para ciertos casos, por su gravedad, el procedimiento ya no es un juicio regular sino uno que consiste en 90 minutos donde el acusado deberá probar su inocencia. Para ello dispone del acceso a toda la información disponible en la nube para buscar pruebas y testigos que lo exoneren o por lo menos bajen el porcentaje de sospecha establecido como para entrar en el marco de la duda razonable. 

Quien lleva a cabo el procedimiento es una inteligencia artificial de forma humana que se comunica con el acusado a través de una pantalla y administra la información que procede de todas las fuentes posibles de esta nube alimentada no solo con informacion pública, como camaras de vigilancia o policiales, sino con toda la producción que los ciudadanos suben a sus redes o simplemente tienen en sus dispositivos y que deben compartir con el sistema de manera obligatoria. Si el acusado falla, la IA se encarga de dictar y ejecutar la sentencia (que para estos casos es de muerte) ya que es al mismo tiempo Juez, Fiscal y Verdugo.

Acto seguido, el detective Chris Raven (Chris Pratt) se despierta sentado y maniatado. La Inteligencia Artificial, que responde al nombre de Juez Maddox y está interpretada por Rebeca Fergusson, le informa que está acusado del asesinato de su esposa, ya que la evidencia disponible lo sitúa como sospechoso en un altísimo porcentaje, y que el juicio está por arrancar. 

Dos cuestiones le dan picante a la situación. Por un lado Raven está con una resaca violenta y no tiene memoria de lo que pasó en esa horas, con lo cual ni él mismo está seguro de su inocencia salvo por su intuición. Por otro lado, está el hecho paradojal de que él es uno de los impulsores del sistema Mercy, prácticamente su cara visible ante la comunidad, y ahora está siendo juzgado por su propia criatura. La película está narrada en un supuesto tiempo real, los 90 minutos que tiene el protagonista para probar su inocencia, o al menos reducir las probabilidades de culpabilidad. Al final puede ser liberado o ejecutado. Eso le da el carácter de urgencia y tensión a medida que pasa el tiempo y el plazo se acorta. 

El realizador ruso Timur Bekmambetov tiene amplia experiencia en el género de acción que incluyen en Rusia su díptico de acción y terror Guardianes de la noche (2004)  / Guardianes del dia (2006), y en Hollywood entretenimientos descerebrados como Abraham Lincoln cazador de vampiros (2012) o derrapes épicos como la remake de Ben-Hur (2016). Es la realización del ruso la que hace que este producto funcione de algún modo. El interés lo aporta la forma, la puesta en escena es todo. En este caso la continua y vertiginosa mezcla de  formatos: videollamadas, cámaras policiales, cámaras de vigilancia, redes sociales, archivos, fotos, un flujo constante desplegado en un ritmo frenético, en parte para dar información, para hacer avanzar la trama y también para distraer un poco y hacernos pensar que es más compleja de lo que es. 

Es justamente este uso dentro de una situación inmersiva  lo que hace que uno se quede enganchado a lo que de otro modo sería una situación muy básica de dos personajes enfrentados en una locación discutiendo piezas de evidencia. Es la información constante en formatos varios la que amplía ese contexto y de algún modo lo trasciende para que convertirla en una película de juicio con gadgets, en un whodunit con cuenta regresiva 

El hecho de que Raven sea juzgado, y quizás condenado, por el sistema que él de algún modo impuso es lo que dispara o sugiere las comparaciones con Minority Report (2002), la adaptación de Spielberg del relato de Philip K. Dick. Pero Sin piedad no alcanza ni de lejos la complejidad del film de Spielberg, que en su trama introducía de manera muy lúcida tanto el tema del libre albedrío como el rol represivo del estado en una sociedad hipervigilada. Si uno está suponiendo que aquí va a encontrar un comentario profundo sobre una sociedad donde la intimidad y la privacidad están en retirada, se va a quedar con gusto a poco. 

Es cierto que hay un intento de llamar la atención sobre la sociedad de vigilancia y control, sobre el hecho de todo lo que hacemos, grabamos, posteamos, decimos, está siendo registrado y puesto a disposición de alguna agencia que es la que usa este material para hacer funcionar el sistema. Pero el film usa este planteo más como un contexto donde situar el relato y, en última instancia, es gracias al mismo sistema que está a disposición del protagonista, que este tiene la oportunidad de resolver el caso. Si este sistema al principio se plantea como despiadado e inhumano, al final no los terminan vendiendo bastante bien y hasta la IA se termina mostrando empática.

Sin piedad es sobre todo un thriller de acción y ciencia ficción, con un toque de drama familiar. La propuesta del guión de Marco van Belle tiene su ingenio y también sus agujeros y funciona dentro de las limitaciones que se impone, la dirección de Timur Bekmambetov es ágil, y el film tiene la duración justa para que las mencionadas limitaciones no terminen agotando la experiencia. No es una propuesta tan sofisticada cómo se autopercibe pero es un film entretenido, una diversión de chatarra que al final se abandona a la acción más descerebrada.  

SIN PIEDAD
Mercy. Dirección: Timur Bekmambetov. Intérpretes: Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Kali Reis, Annabelle Wallis, Chris Sullivan, Kylie Rogers. Guión: Marco van Belle. Fotografía: Khalid Mohtaseb. Música: Ramin Djawadi. Edición: Dody Dorn, Austin Keeling, Lam T. Nguyen. Diseño de Producción: Alex McDowell. Origen: Estados Unidos. Duración: 100 minutos.

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