Alguien dijo alguna vez que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio y cuando uno repasa las palabras de James Cameron, advierte que el director quedó atrapado por su discurso sobre lo que iba a ser el universo de Avatar, cinco películas, series y una expansión que no se iba a detener, pero llegamos a la tercera película y da la impresión de que el impulso inicial parece haberse agotado.

La nueva entrega arranca donde quedó Avatar: El camino del Agua, con la familia Sully instalada con el pueblo que vive al lado del mar, aunque con la tensión que dejó el enfrentamiento con la corporación interesada por las riquezas del planeta está en desarrollo.

Jake (Sam Woorthinton) les advierte a sus anfitriones que cuando vuelvan los humanos van a traer naves más poderosas y más armas. Pero los problemas no se agotan ahí, porque los Sully adoptaron al hijo del coronel Quaritch (Stephen Lang), el enemigo declarado de Jake. Spider (Jack Champion) vive pendiente de su máscara de oxígeno porque los humanos no pueden respirar bien en Pandora. El resto de los hijos de Jake y de Neytiri (Zoe Saldaña) adoptaron a Spider como uno más y eso no le parece bien a Neytiri, que le adjudica a Spider ser el responsable de la muerte de uno de sus retoños, muerte que fue el tema central de la película anterior.

Los conflictos en Pandora se multiplican, los invasores deciden que hay que matar a Jacke por traidor y líder de los defensores de Pandora de las garras voraces de los humanos, Jacke decide que Spider no puede seguir con la familia y decide devolverlo con los humanos, los hijos se niegan y en una decisión claramente irresponsable, pero sin la cual Avatar 3 no arranca más, Jacke decide que toda la familia viaje a despedir a Spider. ¿Qué puede salir mal?

Todo se complica y en el medio de todo las historia de Avatar, se abre en un abanico de posibilidades que incluye un personaje sin padre que está claramente inspirado en Star Wars y la fuerza que a su vez está inspirado en la Biblia, más exactamente en el Nuevo Testamento.

Aparece una tribu nacida de los restos del enfrentamiento con los humanos, el pueblo de las cenizas que no respeta las tradiciones de Pandora ni cree en sus tradiciones, un pueblo dispuesto a venderse a los humanos y perseguir al clan de los Sully.

Hasta acá es más o menos lo que se puede contar sin arruinar la experiencia a quienes estén dispuestos a seguir la historia de Pandora. Los fans de la saga se van a sentir satisfechos porque la tercera película expande el universo conocido y a la vez cumple con la premisa de darle al público más de lo mismo.

Mientras veía el comienzo de la película me acordé de los póster de Pagsa, de las tapas de los discos de Yes en la década del setenta y mientras avanzaba el relato, mi cerebro se fue al estreno de la primera entrega que me deslumbró. No pasó demasiado tiempo y sim embargo, el hecho de que cualquier cosa es posible en la pantalla se ha diluido. Uno sabe que todo eso no existe y que los actores trabajan en un domo o con una tela azul detrás para agregar lo que se necesite. Cameron no es tonto y aunque sigue hablando de hacer más películas, pero la realidad es que en esta tercera entrega podría ser el fin de la historia y todos se sentirían satisfechos.

Hay aventuras, hay frases sacadas de algún libro de autoayuda no demasiado inspirado y un final que deja todo abrochado y a la vez deja la sensación de poco y después de tres horas quince de película, la sensación es la de haber viajado en un micro que no nos llevó a ningún lado. Veremos que pasa con este universo que parece agotado y con pocas sorpresas que mostrar.

AVATAR: FUEGO Y CENIZA
Dirección: James Cameron. Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver. Interpretes: Sam Worthinton, Zoe Salldaña, Sigourney Weaver. Fotografía: Russell Carpenter. Música: Simon Franglen. Origen: Estados Unidos, 2025 – 195 Minutos.

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