En la primera escena Lina (Isabel Aimé González Solá), una diseñadora de modas argentina de unos 30 y pico de años recibe un premio por su trabajo en una lujosa gala. En la segunda, en el baño, arroja el premio a la basura. En la tercera sale sola del evento y deambula un poco desorientada por las calles de Ginebra, en la cuarta se asoma a un puente sobre el río Ródano y se arroja al agua. Son los primeros cinco minutos de Las corrientes, la tercera película de Milagros Mumenthaler, que viene recorriendo festivales y cosechando algunos premios como TVE «Otra mirada» en el Festival de San Sebastián. Las corrientes del título se refieren en principio y de manera más literal a las del agua que recibe y arrastra a Lina, aunque esta consigue salir y ser rescatada, pero también aluden las fuerzas que de ahora en más, o quizás de antes, combaten dentro de la protagonista
Lina vuelve a Buenos Aires, a su vida cotidiana, a su departamento en Recoleta con Pedro (Esteban Bigliardi), su marido empresario y Sofi (Emma Fayo Duarte), su hija de 5 años, a su trabajo y su oficina en el Palacio Barolo. Pero ya no es lo mismo, o ella ya no es la misma. Hay un extrañamiento de la realidad que la rodea, ya no encaja. Ella, sin embargo, sigue funcionando, como en automático. Sigue recorriendo los mismos ambientes sofisticados, los de su trabajo en la moda de alta costura, de campañas publicitarias y vestidos de diseño para clientes ricos. Y también los de su aristocrática familia política, soportando las afiladas críticas de su suegra interpretada por Claudia Sánchez, una de las más célebres modelos argentinas de los años 70.
Lina funciona, pero hay grietas en esa fachada, que dejan ver que hay algo que sigue sucediendo en su interior. Pedro se da cuenta y le dice “parece que no hubieras vuelto”, pero tampoco profundiza, interesado en que las cosas se mantengan como están. Lina desarrolla una extraña fobia al agua, ya no puede ducharse y se baña por partes, no puede lavarse el pelo y se somete a un tratamiento presentado de una manera que parece cruzar lo estético con algo de índole mágica, o de una ciencia rara, que apunta al cuerpo pero quizás también al alma. Quien le provee este tratamiento en la trastienda de una peluquería de barrio es Amalia (la actriz y directora Jazmin Carballo), una amiga de otro tiempo y de un entorno muy diferente. Amalia, que hace mucho no la veía y hasta se sorprende con su visita, la llama de otro modo: Cata. Y ahí aparece una primera pista de que hay otra Catalina. Cata o Lina según quien la nombre y el ambiente en que esté.
Mumenthaler juega con el misterio que está en la base del film y permea su atmósfera de realidad un tanto corrida. Al principio no sabemos porque ella está así, no sabemos sus motivos y la realizadora se toma su tiempo para ir revelando lo que está por detrás y en su historia previa que ella nunca menciona. Hay algo que no está dicho, ella no lo habla, aunque es evidente que padece, y solo sabemos por sus actos. Mumenthaler juega también con la idea de lo siniestro en su clásica acepción de lo familiar que se vuelve amenazante. Para Lina, o Cata, ya todo lo que constituye su realidad cotidiana se le volvió extraño. O es ella la extraña en ese lugar.
En los dos anteriores largometrajes de Mumenthaler, Abrir puerta y ventanas (2011) y La idea de un lago (2016), estaba muy presente la idea del duelo. Algo de eso hay también en Las corrientes, pero más en el sentido de algo no resuelto, que tiene que ver con una ausencia, un abandono, quizás con la vergüenza o la culpa. Y también está el tema de la clase, que al principio es el circular de Lina por una clase alta en la que se mueve funcionalmente. El conflicto de clase entra más al final, sin tampoco anunciarse en voz alta.
Hay en el film una puesta clásica. Mumenthaler reconoce explícitamente la influencia de Hitchcock, que remite sobre todo a Vértigo (1958), en ese andar alucinado del personaje por la ciudad, en el enigma sobre la identidad que en este caso es -o son- las de la propia protagonista, desde el punto de vista de quien está escindida. Pero también hay algo del cine no narrativo y más contemplativo. Cuando Lina lleva a su hija a la oficina, esta se le escapa y al buscarla la encuentra en el faro del Barolo. Allí se desvanece mientras el faro sigue funcionando y arranca una escena que es como una sinfonía, en el sentido de las sinfonías de ciudades que se hacían en el cine de la década de 1920, donde Lina cede el protagonismo a otros personajes y a la ciudad misma.
Las corrientes, entonces, como ese dejarse llevar de la protagonista que a la vez le atrae y le repele, con la hija como un ancla para controlar su propio impulso de abandonarse a la deriva. Se trata de una película de factura precisa, elegante, donde cada plano y cada imagen es de una gran belleza. Al comienzo parece un relato frío, porque lo que está retratando es una impostura, pero termina siendo profundamente emocional, acompañando así el recorrido de la protagonista, Lina o Cata, una gran interpretación de la actriz mendocina radicada en Francia Isabel Aimé González Solá. Una película que es también una invitación al espectador para dejarse llevar.
LAS CORRIENTES
Las corrientes. Guión y dirección: de Milagros Mumenthaler. Intérpretes: Isabel Aimé González Solá, Esteban Bigliardi, Claudia Sanchez, Ernestina Gatti, Jazmín Carballo, Sara Bessio, Susana Saulquin. Fotografìa: Gabriel Sandru. Edición: Gion-Reto Killias. Dirección de Arte: Ailí Chen. Vestuario: Simona Martínez. Origen: Argentina, Suiza. Duración: 104 minutos





