Bailey (Nikiya Adams) es una adolescente que vive con su padre Bug (Barry Keoghan) y su medio hermano Hunter (Jason Buda) en un departamento de algo que parece un edificio tomado, medio ruinoso y con las paredes llenas de graffitis en un suburbio de un pueblo al sur de Inglaterra. Bailey a su temprana edad ya parece algo curtida, acostumbrada a la precariedad y a la imprevisibilidad, aunque esto último parezca una paradoja. Eso no impide que se fastidie cuando su padre le anuncia que en una semana se va a casar con la chica que conoció hace tres meses y va a traerla a vivir con ellos junto a su pequeña hija. Y no es que el resto de la familia le brinde mucha estabilidad. Su hermano se junta con una banda del barrio para realizar actos vandálicos y palizas por encargo a la vez que trata sin éxito de contactar a su novia de 14 años embarazada. Su madre, que vive en otra casa con sus hermanos más chicos, se trajo a su nuevo novio, un tipo violento y volátil del que Bailey planea cómo deshacerse antes que desate una tragedia. 

En medio de ese caos que es su vida cotidiana, aparece un personaje disruptivo aun para ese contexto. Se trata de Bird (Franz Rogowski), un recién llegado que dice haber vivido en el barrio cuando era chico y que está buscando a sus padres con los cuales perdió contacto ya desde su infancia en una situación que no está clara. Al principio Bailey adopta ante él una lógica desconfianza ya que Bird es un tipo bastante raro por apariencia y comportamiento. Su actitud aniñada hace pensar en una persona muy inocente o con algún retraso madurativo. Pero finalmente decide ayudarlo y ambos recorren el pueblo, buscan información, y a la vez Bird le brinda a Bailey un poco de compañía y comprensión que ella  parece estar necesitando.   

Bird es la nueva película de Andrea Arnold, presentada en competencia en la edición 2024 del Festival de Cannes, y que, al igual que films previos de la realizadora inglesa como Fish Tank (2009) y American Honey (2016), muestra la vida de jóvenes y adolescentes en entornos empobrecidos, de familias quebradas, padres ausentes o que son incapaces de cumplir el rol, con su falta de perspectivas y sus tentativas de salir de una situación agobiante. Se trata de un coming of age con varios de los rasgos característicos pero que introduce un elemento fantástico que lo distingue. Y es que el relato va paulatinamente dando las pistas de que Bird no es solamente un tipo raro y su nombre podría responder no solamente a un apodo. 

Esta propuesta que apuesta a una suerte de realismo poético, que algunos identificaron con el realismo mágico, hace que la película juegue un poco al límite y le demanda bastante al espectador, sobre todo porque parte de un tono muy terrenal. Se requiere, además,  convicción por parte de la realizadora y sus intérpretes para que esta mezcla sea lograda. En gran parte la posibilidad de que la propuesta funcione descansa en la potencia del trío protagónico, Adams, Keoghhan y Rogowsky, que es quien la tiene más difícil aunque ya sea un poco especialista en estos personajes medio borders. Especialmente uno recuerda el personaje que hizo en Luzifer (2021), que tiene algunos elementos en común con el de Bird, ambos hombres con alma de niño con una relación muy particular con la naturaleza. 

La posibilidad de jugar con mucha intensidad e incluso desborde sin perder cierta sutileza es el desafío más grande que Arnold sortea con cierta fortuna. El film parece apelar a una suerte de llamado a preservar la inocencia. Algo que está puesto en los niños, en los varios animales que aparecen, y la síntesis de todo ello que está personificada en el personaje de Bird. Esta apelación a la inocencia es también una especie de fascinación ante el mundo como visto ante los ojos de un niño. Como cuando Bailey lleva a sus hermanitos a la playa, sumerge la cabeza en el agua y se asombra al darse cuenta de que hay peces nadando a su alrededor. La película tiene una dimensión sensorial apoyada por el estilo visual de la realizadora, que a veces se despliega como una suerte de collage de imágenes y texturas.

Los adultos por su parte no ayudan, cuando directamente estorban, y más que inocentes son directamente irresponsables. Uno de los temas  principales del film es la familia, que en este caso (y en el cine de Arnold en general) poco y nada tiene que ver con la familia tradicional de la cual prácticamente no hay rastros, como tampoco de estudios o trabajos formales. Bug, el padre de Bailey, interpretado con maravillosa y exasperante intensidad por Barry Keogahn es un sujeto bastante joven, que tuvo a sus hijos en su adolescencia y parece no haber salido nunca de ella. Cubierto de tatuajes, se desplaza por la ciudad en un monopatín eléctrico sin ningún empleo a la vista y tratando de ganarse unas libras vendiendo un sapo con características alucinógenas. Así de bizarro como suena. Una de las mayores virtudes del film es la mirada empática con sus personajes aun cuando algunos son un poco un desastre. 

Se trata finalmente de lo que significa crecer, y en este caso crecer en un ambiente difícil y a los golpes, metafóricamente y no tanto. Algo de eso se explicita sobre el final cuando hasta se sugiere que este crecimiento no incluye solo a la protagonista. Es cuando su padre confiesa un poco en broma un poco en serio que le está empezando a gustar la “Dad music” (música de papá, ese rock orientado al público de mediana edad, basado en la nostalgia, inofensivo y ameno) quizás porque se está poniendo viejo. El dato de color y un poco deprimente es que la Dad music ya está incluyendo a bandas como Blur y The Verve. Y a  Coldplay, pero bueno, eso ya lo sabíamos…

BIRD
Bird. Dirección y guión: Andrea Arnold. Intérpretes: Nikiya Adams, Barry Keoghan, Franz Rogowski, Jason Buda, Jasmine Jobson, James Nelson-Joyce, Joanne Matthews Rhys Yates. Fotografía: Robbie Ryan. Música: Burial. Edición: Joe Bini. Diseño de Producción: Maxine Carlier. Origen: Reino Unido. Duración: 119 minutos.

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